Cuando los Fundadores de la República
redactaron la Constitución de los Estados Unidos en 1787, no
previeron un papel específico para los partidos políticos en el
orden de gobierno. De hecho, buscaron diversos arreglos
constitucionales —como la separación de poderes, los frenos y
contrapesos, el federalismo y la elección indirecta del presidente
por un colegio electoral— para que la nueva república quedara
aislada de las facciones y partidos políticos.
A pesar de las intenciones de los Fundadores, Estados Unidos se
convirtió en el siglo XIX en la primera nación que tuvo partidos
organizados a nivel nacional y que transfirió el poder ejecutivo de
una facción a otra por medio de elecciones.
El desarrollo de partidos políticos tuvo estrecha relación con la
expansión del derecho al sufragio a principios del siglo XIX, cuando
se suprimió el requisito de ser propietario para poder votar. Con un
electorado mucho más amplio, fue menester hallar los medios para
movilizar a las grandes masas de votantes. Para realizar esta tarea
esencial, los partidos políticos fueron institucionalizados. Así,
los partidos surgieron en los Estados Unidos como parte de esa
expansión democrática, y ya en la década de 1830 se habían
establecido con fuerza como parte del firmamento político.
Hoy los partidos Republicano y Demócrata saturan el proceso
político. Cerca del 60 por ciento de los estadounidenses se
consideran republicanos o demócratas, y aun los que se dicen
independientes suelen tener inclinaciones partidistas y muestran un
alto grado de lealtad a su partido. Por ejemplo, en las cinco
elecciones presidenciales llevadas a cabo entre 1980 y 1996, el 75
por ciento de los independientes que se "inclinaron" hacia los
republicanos o los demócratas votaron por el candidato presidencial
del partido de su preferencia. Y en 2000, el 79 por ciento de los
"inclinados" hacia el Partido Republicano votaron por el candidato
de ese partido, George W. Bush, al tiempo que el 72 por ciento de
los "inclinados" hacia los demócratas votaron por el candidato de
este partido, Al Gore.
La persistencia de las influencias partidistas se extiende
también al partido gobernante. Los dos partidos principales dominan
hoy la presidencia y el Congreso, así como los gobiernos y
legislaturas de los estados. Desde 1852, todos los presidentes han
sido republicanos o demócratas y, en la era posterior a la Segunda
Guerra Mundial, la participación de esos dos partidos dominantes en
el voto popular para la presidencia ha promediado 94,8 por ciento.
Después de las elecciones locales y del Congreso, sólo había un
senador independiente entre los 100 miembros del Senado de la
república y no más de dos de los 435 miembros de la Cámara de
Representantes del país eran independientes. En el nivel estatal,
los 50 gobernadores eran republicanos o demócratas, y sólo 21 (0,003
por ciento) de los más de 7.300 legisladores estatales fueron
elegidos al margen de los partidos republicano o demócrata. Los dos
partidos principales son los que organizan y dominan el gobierno,
tanto en el nivel nacional como en los estados.
Aun cuando, desde el punto de vista ideológico, los partidos
estadounidenses tienden a ser menos cohesivos y programáticos que
los de muchas democracias, desempeñan un papel importante y a menudo
decisivo al configurar la política pública. En realidad, desde las
elecciones de 1994, los republicanos y los demócratas han exhibido
grandes diferencias de políticas en el Congreso y un grado de unidad
partidista inusualmente alto en comparación con las normas
históricas. Los desacuerdos de políticas entre los dos partidos se
producen cada dos años en el contexto de las elecciones para el
Congreso y el Senado, y tienen la posibilidad real de producir un
cambio en el control partidista de la Cámara de Representantes y el
Senado. La combinación de rivalidad en materia de políticas e
intensa competencia por el control de la cámara ha creado una
atmósfera muy cargada de conflicto partidista, en los últimos años,
tanto en el Senado como en la Cámara. Y en los preparativos de las
elecciones de 2004, los líderes de ambos partidos en el Congreso y
los candidatos a la nominación presidencial demócrata, así como la
administración Bush, han puesto en práctica una serie continua de
maniobras con miras a obtener alguna ventaja electoral.
¿Por qué un sistema de dos partidos?
La competencia bipartidista se perfila como uno de los rasgos más
notorios y duraderos del sistema político de los Estados Unidos.
Desde la década de 1860, republicanos y demócratas han dominado la
política electoral. Este historial sin paralelo en que los dos
mismos partidos han tenido siempre el monopolio de la política
electoral de un país, refleja aspectos estructurales del sistema
político y también rasgos especiales de los partidos políticos
norteamericanos.
El procedimiento habitual para elegir a los legisladores
nacionales y estatales en este país es el sistema de distritos "de
un solo miembro". Esto significa que resulta electa la persona que
obtiene una mayoría relativa del voto (es decir, el mayor número de
votos en un distrito electoral dado). A diferencia de los sistemas
proporcionales, el arreglo de distritos de un solo miembro no
permite que gane más de un partido en un distrito cualquiera. Así,
el sistema de un solo miembro genera incentivos para formar dos
partidos de amplia base con suficiente atractivo popular para ganar
la mayoría relativa en distritos legislativos, lo cual condena a
terceros partidos y otros menores a una serie casi permanente de
derrotas, con lo cual no tienen muchas probabilidades de ser muy
duraderos, a menos que unan sus fuerzas con alguno de los grandes
partidos. Sin embargo, unir sus fuerzas con un partido grande no es
una opción factible para la mayoría de los partidos pequeños porque
todos los estados, salvo un puñado de ellos, prohíben lo que se
conoce como fórmulas de fusión, en las que un candidato contiende
como representante de más de un partido.
Otro apoyo institucional para el bipartidismo es el sistema de
colegio electoral para la elección de presidentes. En sentido
técnico, en el sistema de colegio electoral los estadounidenses no
votan directamente a partir de una lista de candidatos a la
presidencia. De hecho, votan en cada estado por una lista de
"electores" que se comprometen a ser leales a uno u otro de los
candidatos presidenciales. Para elegir al presidente se requiere una
mayoría absoluta de los 538 votos electorales de los 50 estados. Por
este requisito, es de lo más difícil que un tercer partido gane la
presidencia, ya que los votos electorales de cada uno de los estados
son asignados con un criterio de "todo para el ganador". Es decir,
el candidato que obtiene una mayoría relativa del voto popular de un
estado —no importa que sea una mayoría relativa pequeña— gana
todos los votos electorales de ese estado. Igual que en el
sistema de distritos de un sólo miembro, el mecanismo del colegio
electoral pone en desventaja a los terceros partidos, pues éstos
tienen pocas probabilidades de ganar los votos electorales de algún
estado, y no digamos de reunir bastantes estados para elegir un
presidente.
En virtud de que los demócratas y los republicanos controlan la
maquinaria del gobierno, no es de sorprender que hayan creado otras
reglas electorales cuyos efectos favorecen a los partidos más
grandes. La simple operación de registrar el nombre de un nuevo
partido en la papeleta electoral de los estados puede ser una tarea
ardua y costosa. Por ejemplo, el estado de Carolina del Norte exige
que se presente una solicitud firmada por 58.842 votantes para que
un nuevo partido registre a su candidato presidencial en la papeleta
electoral del estado para la elección de 2004. Además, la Ley
Federal de Campañas de Elecciones otorga beneficios especiales a los
principales partidos, incluso la financiación pública de sus
campañas presidenciales a un nivel mucho más alto del que se ofrece
a los partidos pequeños — aun a los que alcanzaron en la última
elección el umbral requerido de 5 por ciento del voto popular.
El proceso de nominación distintivo de este país es una barrera
estructural más para los terceros partidos. Entre las democracias
del mundo, Estados Unidos es un caso único por su dependencia de
elecciones primarias en las que los partidos nombran a sus
candidatos a los cargos estatales y del Congreso, y por su uso de
elecciones primarias presidenciales a nivel estatal en la selección
de candidatos a la presidencia. En este tipo de sistema de
nominación, los votantes ordinarios de la elección primaria escogen
al candidato de su partido para la elección general. En la mayoría
de los países, las organizaciones partidistas y sus dirigentes
controlan las nominaciones de cada partido. Pero en los Estados
Unidos, los votantes son quienes toman la determinación final de
quiénes serán los candidatos republicano y demócrata designados.
A pesar de que este sistema conduce a la creación de
organizaciones partidistas internas más débiles que en la mayoría de
las democracias, este proceso participativo de nominación ha
propiciado también el dominio republicano y demócrata sobre la
política electoral por casi 150 años. Al ganar las nominaciones del
partido por medio de elecciones primarias, los insurgentes pueden
tener acceso a la papeleta electoral en general y, por lo tanto,
aumentan sus posibilidades de triunfo en dicha elección sin tener
que organizar un tercer partido. Así, el proceso de nominación en
elecciones primarias tiende a encauzar la disidencia hacia los dos
principales partidos y, en general, suprime la necesidad de que los
disidentes emprendan la difícil tarea de formar un tercer partido.
Desde luego que el sistema de elecciones primarias para la
nominación de candidatos hace también que los dos partidos
principales sean muy permeables y que a veces los penetren
movimientos sociales "marginales" y candidatos de tipo
"desconocido".
Apoyo de amplia base y posiciones centristas
Los partidos estadounidenses cuentan con un apoyo electoral de
amplia base y de gente de todas las clases sociales. A excepción de
los votantes afro-norteamericanos —90 por ciento de los cuales
votaron por el candidato presidencial demócrata en 2000—, tanto el
Partido Republicano como el Demócrata tienen en realidad niveles
apreciables de apoyo de todos los grupos socioeconómicos importantes
de la población. Aun cuando de ordinario se cree que, por ejemplo,
las familias sindicalistas simpatizan con los demócratas, los
republicanos pueden aspirar por lo menos a un tercio del voto de los
sindicatos en la mayoría de las elecciones, y en 1984, este partido
ganó el 46 por ciento del voto sindical. En 2000, el 37 por ciento
del voto de las familias sindicalistas fue por los republicanos. Así
mismo, aunque el apoyo a los demócratas suele ser menor a medida que
aumenta el nivel de ingresos, los candidatos presidenciales
demócratas pueden esperar un grado sustancial de apoyo de los
votantes de clase media alta. Por ejemplo, en 2000, el candidato
demócrata Al Gore obtuvo el 43 por ciento de los votos de las
personas cuyos ingresos familiares eran de más de 100.000 dólares al
año.
Los partidos políticos de los Estados Unidos muestran también
relativamente poca unidad interna y no profesan una adhesión
estricta a una ideología o a una serie de objetivos políticos. Más
bien, por tradición, se han interesado en primer lugar y ante todo
en ganar las elecciones y controlar al personal del gobierno. En
atención a sus amplias bases socioeconómicas de apoyo electoral y
por la necesidad de operar en una sociedad que, por su ideología, se
ubica en posiciones del centro, los partidos estadounidenses han
adoptado posiciones políticas esencialmente centristas. Han
demostrado también un alto grado de sensibilidad en sus políticas.
Este enfoque no doctrinario permite que republicanos y demócratas
toleren mucha diversidad en sus filas y ha contribuido a dotarlos de
capacidad para absorber a terceros partidos y movimientos de
protesta cuando éstos se presentan.
Partidos políticos descentralizados
Es difícil exagerar el grado en que los partidos estadounidenses
se han caracterizado por sus estructuras de poder descentralizadas.
En términos históricos, en el partido que gobierna, el presidente no
puede contar con que los miembros de su partido integrados al
Congreso apoyarán por lealtad los programas presidenciales, y
tampoco los líderes del partido en el Congreso esperan que los
miembros de su grupo voten siempre de acuerdo a la línea del
partido. Dentro de la organización partidista, los comités de
campaña republicano y demócrata para el Congreso y el Senado
(formados por legisladores en el cargo) actúan con autonomía
respecto a los comités partidistas nacionales de orientación
presidencial: los comités nacionales republicano y demócrata.
Además, salvo al ejercer su autoridad sobre los procedimientos para
la selección de delegados a las convenciones nacionales de
nominación, las organizaciones nacionales partidistas rara vez
intervienen en los asuntos del partido en los estados. Este nivel de
fragmentación organizacional refleja, en parte, las consecuencias
del sistema de separación de poderes que ordena la Constitución: la
división de poderes entre las ramas legislativa, ejecutiva y
judicial del gobierno, siendo seleccionada cada rama por distintos
procedimientos, para diferentes períodos en el cargo e
independientes unas de otras. Este sistema de división de poderes
crea incentivos muy limitados para la unidad partidista entre los
legisladores y el máximo ejecutivo de cada partido. Esto es válido,
en general, ya sea que hablemos de los miembros del Congreso ante el
presidente de su partido, o de las relaciones análogas entre los
legisladores estatales y su gobernador.
El principio constitucional del federalismo, que en los Estados
Unidos ha creado un sistema estratificado de gobierno federal,
estatal y local, descentraliza más aún a los partidos al crear miles
de electorados —también en los niveles federal, estatales y
locales—, cada uno de los cuales tiene sus propios funcionarios.
Como ya dijimos, el hecho de que se usen elecciones primarias para
designar candidatos debilita también a las organizaciones de los
partidos al negarles la capacidad de controlar la selección de sus
candidatos. Por lo tanto, se alienta a cada candidato a formar su
organización personal de campaña y congregar a sus seguidores
electorales para ganar las primarias y más tarde las elecciones
generales. Aun la recaudación de los fondos para la campaña es, en
gran parte, responsabilidad personal de cada candidato, ya que las
organizaciones de los partidos suelen tener recursos económicos
limitados y a menudo hay muchas restricciones de ley en cuanto a las
sumas que pueden aportar, sobre todo para campañas de elecciones
federales.
Desconfianza de los estadounidenses a los partidos
políticos
A pesar de la larga e impresionante serie de evidencias de la
presencia de partidos en el sistema político de los Estados Unidos,
un elemento arraigado en la cultura cívica nacional es la
desconfianza a los partidos políticos. La adopción del sistema de
primarias para nominar candidatos estatales y del Congreso, a
principios del siglo XX, y la proliferación más reciente de las
elecciones primarias presidenciales, que han llegado a ser el factor
determinante para el nombramiento de candidatos a la presidencia,
son testimonios del sentimiento del público en contra de los
partidos. Los estadounidenses se sienten incómodos cuando los
dirigentes de sus organizaciones partidistas ejercen mucho poder
sobre el gobierno. Según lo muestran una y otra vez las encuestas de
opinión pública, gran parte del electorado cree que los partidos
hacen más para confundir las cosas que para aclararlas y sería mejor
que en las papeletas electorales no se hiciera alusión a los
partidos.
Además de que los partidos estadounidenses se desenvuelven en un
clima cultural que suele ser adverso, enfrentan también el problema
de que un número notable de votantes concede cada vez menos
importancia a la identificación partidista. Un indicio de este
debilitamiento del apego de los votantes a los partidos es la
incidencia del voto dividido, es decir, que voten por candidatos de
distintos partidos en la misma elección. Así fue como, en 2000, el
20 por ciento de los electores dividieron sus sufragios al votar por
candidatos de diferentes partidos para presidente y para la Cámara
de Representantes de la república. En consecuencia, 40 de los
distritos de la Cámara de Representantes en los que se impuso George
W. Bush en la elección presidencial fueron ganados por candidatos
demócratas a la Cámara.
En virtud de que muchos estadounidenses tienen un compromiso
relativamente débil con los partidos, por la presencia de un
segmento considerable de votantes que se consideran independientes y
por la tendencia de un porcentaje notable de ciudadanos a votar en
forma dividida, la política de los Estados Unidos se centra en los
candidatos y no en los partidos. El resultado de esto ha sido que la
división partidista del control de las ramas ejecutiva y legislativa
del gobierno ha llegado a ser un rasgo habitual del gobierno
nacional y el de cada uno de los 50 estados. Así, en todos los años
desde 1980, menos cuatro, la presidencia y por lo menos una de las
cámaras del Congreso han estado bajo el control de partidos
diferentes. Después de las elecciones de 2002, en 29 estados (58 por
ciento del total) el control quedó dividido entre los partidos.
Terceros partidos y candidatos independientes
Como muestra la tabla adjunta, los terceros partidos y los
candidatos independientes han sido un rasgo periódico de la política
de los Estados Unidos, a pesar de los obstáculos que hemos citado.
Con frecuencia, ellos han abordado problemas sociales que los
partidos principales no han sabido colocar al frente del discurso
público e incluir en la agenda del gobierno. Sin embargo, la mayoría
de los terceros partidos han florecido en una sola elección y luego
mueren, se esfuman o son absorbidos por alguno de los partidos
grandes. Desde la década de 1850, sólo un nuevo partido, el Partido
Republicano, ha sido capaz de alcanzar una categoría importante. En
ese caso había una cuestión moral apremiante, la esclavitud, que
dividía a la nación y sentó las bases para el reclutamiento de
candidatos y la movilización de los votantes.
Aun cuando la tabla no muestra que haya mucho apoyo para la
viabilidad a largo plazo de terceros partidos, hay pruebas de que
éstos pueden tener un impacto apreciable en el resultado de las
elecciones. Por ejemplo, la candidatura del tercer partido de
Theodore Roosevelt en 1912 dividió el voto republicano normal y
permitió que el demócrata Woodrow Wilson fuera elegido, a pesar de
que no obtuvo la mayoría del voto popular. En 1992, la candidatura
independiente de H. Ross Perot atrajo a electores que, en otras
condiciones, habrían votado por los republicanos en la década de
1980 y, por lo tanto, contribuyó a la derrota del presidente
republicano en funciones, George H.W. Bush. En la contienda en
extremo competida de 2000 entre el republicano George W. Bush y el
demócrata Al Gore, es posible que si el candidato del Partido Verde,
Ralph Nader, no hubiera aparecido en las papeletas electorales de
Florida, Gore habría ganado los votos electorales de ese estado y,
de ese modo, habría obtenido la mayoría de votos electorales
necesaria para ser elegido presidente.
Desde la década de 1990, las encuestas de opinión pública han
mostrado siempre un alto nivel de apoyo popular para el concepto del
tercer partido. En los preparativos de la elección de 2000, una
Encuesta Gallup reveló que el 67 por ciento de los estadounidenses
estaba a favor de un tercer partido fuerte, capaz de proponer
candidatos a la presidencia, el Congreso y los gobiernos estatales
que contendieran con los candidatos republicanos y demócratas. Fue
por esos sentimientos, además de unos generosos gastos de campaña,
por lo que el multimillonario tejano Perot ganó el 19 por ciento del
voto popular para la presidencia en 1992, el porcentaje más alto que
haya obtenido un candidato ajeno a los partidos principales, desde
que Theodore Roosevelt (con el Partido Progresista) ganó el 27 por
ciento en 1912.
A pesar de las manifestaciones de posible apoyo a un tercer
partido, hay enormes obstáculos para que éste gane en verdad la
presidencia, e incluso para que logre obtener un número apreciable
de senadores o representantes. Además de los que ya hemos citado, el
más notable es el temor de los votantes de que, al emitir su
sufragio a favor del candidato de un tercer partido, en realidad
estén "desperdiciando" su voto. Se ha enseñado a los electores a
actuar en forma estratégica, votando por el segundo candidato de su
preferencia cuando el primero sea el candidato de un tercer partido
y, a su juicio, no tenga posibilidades de ganar. Así, en una
encuesta realizada antes de la elección de 2000, el 15 por ciento de
los votantes mostró mayor preferencia por Ralph Nader que por George
W. Bush o Al Gore, pero Nader obtuvo sólo el 2,7 por ciento del voto
popular. Así fue en 1992, pues entre los votantes que daban más
altas puntuaciones a Ross Perot, el 21 por ciento optó por apoyar a
otros candidatos a la hora de depositar sus sufragios.
También existe el fenómeno de votar por el candidato de un tercer
partido en señal de protesta. Por ejemplo, las Encuestas Gallup de
1992 revelaron que el 5 por ciento de los que votaron por Perot
dijeron que no habrían votado por él si hubieran creído que
realmente podía ganar.
También los candidatos independientes de terceros partidos
enfrentarían un problema aterrador en caso de ganar la presidencia.
Por supuesto, tal es el problema de gobernar: formar el personal de
una administración y luego trabajar con un Congreso dominado por
republicanos y demócratas que tendrían muy pocos incentivos para
colaborar con un presidente que no pertenece a un partido
importante.