ELECCIONES 2004
Prefacio
Los Partidos Políticos en los Estados Unidos
Por John F. Bibby
La Nominación Presidencial y la Democracia Estadounidense
Por Stephen J. Wayne
Procedimientos Electorales de los Estados Unidos
Por Michael W. Traugott
Cronología de las Elecciones de 2004
La Campaña de 2004: Entrevista con Thomas Mann
Por Paul Malamud
Las Elecciones del Congreso
Por John H. Aldrich
Las Encuestas, los Expertos y las Elecciones de 2004
Por John Zogby
El Estado de las Finanzas de Campaña
Por Joseph E. Cantor
Retratos de los Presidentes Estadounidenses
Glosario de las Elecciones
 
 
Elections 2004
Los Partidos Políticos en los Estados Unidos
Por John F. Bibby

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De izquierda a derecho, y de arriba abajo:
Estandarte de apoyo a la candidatura del republicano John Fremont y su compañero de equipo William Drayton en 1856; Estandarte de 1868 para apoyar a los candidatos demócratas a presidente y vicepresidente, Horatio Seymour y Frank Blair; Cartel de campaña del Partido Republicano donde aparecen Ulysses S. Grant y su compañero de equipo Schuyler Colfax en la elección de 1868; Portada de la partitura con la música del Two-Step Republican, compuesta en honor del candidato presidencial William McKinley; Cartel electoral para los candidatos demócratas, general George McClellan y su compañero de equipo George Pendleton hacia 1864; Cartel republicano para la elección de 1860 que muestra a Abraham Lincoln y su compañero de equipo Hannibal Hamlin; Cartel de apoyo a los candidatos demócratas a presidente y vicepresidente, Samuel Tilden y Thomas Hendricks, en 1876.
(HultonArchive por Getty Images)

Cuando los Fundadores de la República redactaron la Constitución de los Estados Unidos en 1787, no previeron un papel específico para los partidos políticos en el orden de gobierno. De hecho, buscaron diversos arreglos constitucionales —como la separación de poderes, los frenos y contrapesos, el federalismo y la elección indirecta del presidente por un colegio electoral— para que la nueva república quedara aislada de las facciones y partidos políticos.

A pesar de las intenciones de los Fundadores, Estados Unidos se convirtió en el siglo XIX en la primera nación que tuvo partidos organizados a nivel nacional y que transfirió el poder ejecutivo de una facción a otra por medio de elecciones.

El desarrollo de partidos políticos tuvo estrecha relación con la expansión del derecho al sufragio a principios del siglo XIX, cuando se suprimió el requisito de ser propietario para poder votar. Con un electorado mucho más amplio, fue menester hallar los medios para movilizar a las grandes masas de votantes. Para realizar esta tarea esencial, los partidos políticos fueron institucionalizados. Así, los partidos surgieron en los Estados Unidos como parte de esa expansión democrática, y ya en la década de 1830 se habían establecido con fuerza como parte del firmamento político.

Hoy los partidos Republicano y Demócrata saturan el proceso político. Cerca del 60 por ciento de los estadounidenses se consideran republicanos o demócratas, y aun los que se dicen independientes suelen tener inclinaciones partidistas y muestran un alto grado de lealtad a su partido. Por ejemplo, en las cinco elecciones presidenciales llevadas a cabo entre 1980 y 1996, el 75 por ciento de los independientes que se "inclinaron" hacia los republicanos o los demócratas votaron por el candidato presidencial del partido de su preferencia. Y en 2000, el 79 por ciento de los "inclinados" hacia el Partido Republicano votaron por el candidato de ese partido, George W. Bush, al tiempo que el 72 por ciento de los "inclinados" hacia los demócratas votaron por el candidato de este partido, Al Gore.

La persistencia de las influencias partidistas se extiende también al partido gobernante. Los dos partidos principales dominan hoy la presidencia y el Congreso, así como los gobiernos y legislaturas de los estados. Desde 1852, todos los presidentes han sido republicanos o demócratas y, en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, la participación de esos dos partidos dominantes en el voto popular para la presidencia ha promediado 94,8 por ciento. Después de las elecciones locales y del Congreso, sólo había un senador independiente entre los 100 miembros del Senado de la república y no más de dos de los 435 miembros de la Cámara de Representantes del país eran independientes. En el nivel estatal, los 50 gobernadores eran republicanos o demócratas, y sólo 21 (0,003 por ciento) de los más de 7.300 legisladores estatales fueron elegidos al margen de los partidos republicano o demócrata. Los dos partidos principales son los que organizan y dominan el gobierno, tanto en el nivel nacional como en los estados.

Aun cuando, desde el punto de vista ideológico, los partidos estadounidenses tienden a ser menos cohesivos y programáticos que los de muchas democracias, desempeñan un papel importante y a menudo decisivo al configurar la política pública. En realidad, desde las elecciones de 1994, los republicanos y los demócratas han exhibido grandes diferencias de políticas en el Congreso y un grado de unidad partidista inusualmente alto en comparación con las normas históricas. Los desacuerdos de políticas entre los dos partidos se producen cada dos años en el contexto de las elecciones para el Congreso y el Senado, y tienen la posibilidad real de producir un cambio en el control partidista de la Cámara de Representantes y el Senado. La combinación de rivalidad en materia de políticas e intensa competencia por el control de la cámara ha creado una atmósfera muy cargada de conflicto partidista, en los últimos años, tanto en el Senado como en la Cámara. Y en los preparativos de las elecciones de 2004, los líderes de ambos partidos en el Congreso y los candidatos a la nominación presidencial demócrata, así como la administración Bush, han puesto en práctica una serie continua de maniobras con miras a obtener alguna ventaja electoral.

¿Por qué un sistema de dos partidos?

La competencia bipartidista se perfila como uno de los rasgos más notorios y duraderos del sistema político de los Estados Unidos. Desde la década de 1860, republicanos y demócratas han dominado la política electoral. Este historial sin paralelo en que los dos mismos partidos han tenido siempre el monopolio de la política electoral de un país, refleja aspectos estructurales del sistema político y también rasgos especiales de los partidos políticos norteamericanos.

El procedimiento habitual para elegir a los legisladores nacionales y estatales en este país es el sistema de distritos "de un solo miembro". Esto significa que resulta electa la persona que obtiene una mayoría relativa del voto (es decir, el mayor número de votos en un distrito electoral dado). A diferencia de los sistemas proporcionales, el arreglo de distritos de un solo miembro no permite que gane más de un partido en un distrito cualquiera. Así, el sistema de un solo miembro genera incentivos para formar dos partidos de amplia base con suficiente atractivo popular para ganar la mayoría relativa en distritos legislativos, lo cual condena a terceros partidos y otros menores a una serie casi permanente de derrotas, con lo cual no tienen muchas probabilidades de ser muy duraderos, a menos que unan sus fuerzas con alguno de los grandes partidos. Sin embargo, unir sus fuerzas con un partido grande no es una opción factible para la mayoría de los partidos pequeños porque todos los estados, salvo un puñado de ellos, prohíben lo que se conoce como fórmulas de fusión, en las que un candidato contiende como representante de más de un partido.

Otro apoyo institucional para el bipartidismo es el sistema de colegio electoral para la elección de presidentes. En sentido técnico, en el sistema de colegio electoral los estadounidenses no votan directamente a partir de una lista de candidatos a la presidencia. De hecho, votan en cada estado por una lista de "electores" que se comprometen a ser leales a uno u otro de los candidatos presidenciales. Para elegir al presidente se requiere una mayoría absoluta de los 538 votos electorales de los 50 estados. Por este requisito, es de lo más difícil que un tercer partido gane la presidencia, ya que los votos electorales de cada uno de los estados son asignados con un criterio de "todo para el ganador". Es decir, el candidato que obtiene una mayoría relativa del voto popular de un estado —no importa que sea una mayoría relativa pequeña— gana todos los votos electorales de ese estado. Igual que en el sistema de distritos de un sólo miembro, el mecanismo del colegio electoral pone en desventaja a los terceros partidos, pues éstos tienen pocas probabilidades de ganar los votos electorales de algún estado, y no digamos de reunir bastantes estados para elegir un presidente.

En virtud de que los demócratas y los republicanos controlan la maquinaria del gobierno, no es de sorprender que hayan creado otras reglas electorales cuyos efectos favorecen a los partidos más grandes. La simple operación de registrar el nombre de un nuevo partido en la papeleta electoral de los estados puede ser una tarea ardua y costosa. Por ejemplo, el estado de Carolina del Norte exige que se presente una solicitud firmada por 58.842 votantes para que un nuevo partido registre a su candidato presidencial en la papeleta electoral del estado para la elección de 2004. Además, la Ley Federal de Campañas de Elecciones otorga beneficios especiales a los principales partidos, incluso la financiación pública de sus campañas presidenciales a un nivel mucho más alto del que se ofrece a los partidos pequeños — aun a los que alcanzaron en la última elección el umbral requerido de 5 por ciento del voto popular.

El proceso de nominación distintivo de este país es una barrera estructural más para los terceros partidos. Entre las democracias del mundo, Estados Unidos es un caso único por su dependencia de elecciones primarias en las que los partidos nombran a sus candidatos a los cargos estatales y del Congreso, y por su uso de elecciones primarias presidenciales a nivel estatal en la selección de candidatos a la presidencia. En este tipo de sistema de nominación, los votantes ordinarios de la elección primaria escogen al candidato de su partido para la elección general. En la mayoría de los países, las organizaciones partidistas y sus dirigentes controlan las nominaciones de cada partido. Pero en los Estados Unidos, los votantes son quienes toman la determinación final de quiénes serán los candidatos republicano y demócrata designados.

A pesar de que este sistema conduce a la creación de organizaciones partidistas internas más débiles que en la mayoría de las democracias, este proceso participativo de nominación ha propiciado también el dominio republicano y demócrata sobre la política electoral por casi 150 años. Al ganar las nominaciones del partido por medio de elecciones primarias, los insurgentes pueden tener acceso a la papeleta electoral en general y, por lo tanto, aumentan sus posibilidades de triunfo en dicha elección sin tener que organizar un tercer partido. Así, el proceso de nominación en elecciones primarias tiende a encauzar la disidencia hacia los dos principales partidos y, en general, suprime la necesidad de que los disidentes emprendan la difícil tarea de formar un tercer partido. Desde luego que el sistema de elecciones primarias para la nominación de candidatos hace también que los dos partidos principales sean muy permeables y que a veces los penetren movimientos sociales "marginales" y candidatos de tipo "desconocido".

Apoyo de amplia base y posiciones centristas

Los partidos estadounidenses cuentan con un apoyo electoral de amplia base y de gente de todas las clases sociales. A excepción de los votantes afro-norteamericanos —90 por ciento de los cuales votaron por el candidato presidencial demócrata en 2000—, tanto el Partido Republicano como el Demócrata tienen en realidad niveles apreciables de apoyo de todos los grupos socioeconómicos importantes de la población. Aun cuando de ordinario se cree que, por ejemplo, las familias sindicalistas simpatizan con los demócratas, los republicanos pueden aspirar por lo menos a un tercio del voto de los sindicatos en la mayoría de las elecciones, y en 1984, este partido ganó el 46 por ciento del voto sindical. En 2000, el 37 por ciento del voto de las familias sindicalistas fue por los republicanos. Así mismo, aunque el apoyo a los demócratas suele ser menor a medida que aumenta el nivel de ingresos, los candidatos presidenciales demócratas pueden esperar un grado sustancial de apoyo de los votantes de clase media alta. Por ejemplo, en 2000, el candidato demócrata Al Gore obtuvo el 43 por ciento de los votos de las personas cuyos ingresos familiares eran de más de 100.000 dólares al año.

Los partidos políticos de los Estados Unidos muestran también relativamente poca unidad interna y no profesan una adhesión estricta a una ideología o a una serie de objetivos políticos. Más bien, por tradición, se han interesado en primer lugar y ante todo en ganar las elecciones y controlar al personal del gobierno. En atención a sus amplias bases socioeconómicas de apoyo electoral y por la necesidad de operar en una sociedad que, por su ideología, se ubica en posiciones del centro, los partidos estadounidenses han adoptado posiciones políticas esencialmente centristas. Han demostrado también un alto grado de sensibilidad en sus políticas. Este enfoque no doctrinario permite que republicanos y demócratas toleren mucha diversidad en sus filas y ha contribuido a dotarlos de capacidad para absorber a terceros partidos y movimientos de protesta cuando éstos se presentan.

Partidos políticos descentralizados

Es difícil exagerar el grado en que los partidos estadounidenses se han caracterizado por sus estructuras de poder descentralizadas. En términos históricos, en el partido que gobierna, el presidente no puede contar con que los miembros de su partido integrados al Congreso apoyarán por lealtad los programas presidenciales, y tampoco los líderes del partido en el Congreso esperan que los miembros de su grupo voten siempre de acuerdo a la línea del partido. Dentro de la organización partidista, los comités de campaña republicano y demócrata para el Congreso y el Senado (formados por legisladores en el cargo) actúan con autonomía respecto a los comités partidistas nacionales de orientación presidencial: los comités nacionales republicano y demócrata. Además, salvo al ejercer su autoridad sobre los procedimientos para la selección de delegados a las convenciones nacionales de nominación, las organizaciones nacionales partidistas rara vez intervienen en los asuntos del partido en los estados. Este nivel de fragmentación organizacional refleja, en parte, las consecuencias del sistema de separación de poderes que ordena la Constitución: la división de poderes entre las ramas legislativa, ejecutiva y judicial del gobierno, siendo seleccionada cada rama por distintos procedimientos, para diferentes períodos en el cargo e independientes unas de otras. Este sistema de división de poderes crea incentivos muy limitados para la unidad partidista entre los legisladores y el máximo ejecutivo de cada partido. Esto es válido, en general, ya sea que hablemos de los miembros del Congreso ante el presidente de su partido, o de las relaciones análogas entre los legisladores estatales y su gobernador.

El principio constitucional del federalismo, que en los Estados Unidos ha creado un sistema estratificado de gobierno federal, estatal y local, descentraliza más aún a los partidos al crear miles de electorados —también en los niveles federal, estatales y locales—, cada uno de los cuales tiene sus propios funcionarios. Como ya dijimos, el hecho de que se usen elecciones primarias para designar candidatos debilita también a las organizaciones de los partidos al negarles la capacidad de controlar la selección de sus candidatos. Por lo tanto, se alienta a cada candidato a formar su organización personal de campaña y congregar a sus seguidores electorales para ganar las primarias y más tarde las elecciones generales. Aun la recaudación de los fondos para la campaña es, en gran parte, responsabilidad personal de cada candidato, ya que las organizaciones de los partidos suelen tener recursos económicos limitados y a menudo hay muchas restricciones de ley en cuanto a las sumas que pueden aportar, sobre todo para campañas de elecciones federales.

Desconfianza de los estadounidenses a los partidos políticos

A pesar de la larga e impresionante serie de evidencias de la presencia de partidos en el sistema político de los Estados Unidos, un elemento arraigado en la cultura cívica nacional es la desconfianza a los partidos políticos. La adopción del sistema de primarias para nominar candidatos estatales y del Congreso, a principios del siglo XX, y la proliferación más reciente de las elecciones primarias presidenciales, que han llegado a ser el factor determinante para el nombramiento de candidatos a la presidencia, son testimonios del sentimiento del público en contra de los partidos. Los estadounidenses se sienten incómodos cuando los dirigentes de sus organizaciones partidistas ejercen mucho poder sobre el gobierno. Según lo muestran una y otra vez las encuestas de opinión pública, gran parte del electorado cree que los partidos hacen más para confundir las cosas que para aclararlas y sería mejor que en las papeletas electorales no se hiciera alusión a los partidos.

Además de que los partidos estadounidenses se desenvuelven en un clima cultural que suele ser adverso, enfrentan también el problema de que un número notable de votantes concede cada vez menos importancia a la identificación partidista. Un indicio de este debilitamiento del apego de los votantes a los partidos es la incidencia del voto dividido, es decir, que voten por candidatos de distintos partidos en la misma elección. Así fue como, en 2000, el 20 por ciento de los electores dividieron sus sufragios al votar por candidatos de diferentes partidos para presidente y para la Cámara de Representantes de la república. En consecuencia, 40 de los distritos de la Cámara de Representantes en los que se impuso George W. Bush en la elección presidencial fueron ganados por candidatos demócratas a la Cámara.

En virtud de que muchos estadounidenses tienen un compromiso relativamente débil con los partidos, por la presencia de un segmento considerable de votantes que se consideran independientes y por la tendencia de un porcentaje notable de ciudadanos a votar en forma dividida, la política de los Estados Unidos se centra en los candidatos y no en los partidos. El resultado de esto ha sido que la división partidista del control de las ramas ejecutiva y legislativa del gobierno ha llegado a ser un rasgo habitual del gobierno nacional y el de cada uno de los 50 estados. Así, en todos los años desde 1980, menos cuatro, la presidencia y por lo menos una de las cámaras del Congreso han estado bajo el control de partidos diferentes. Después de las elecciones de 2002, en 29 estados (58 por ciento del total) el control quedó dividido entre los partidos.

Terceros partidos y candidatos independientes

Third Parties in American History

Como muestra la tabla adjunta, los terceros partidos y los candidatos independientes han sido un rasgo periódico de la política de los Estados Unidos, a pesar de los obstáculos que hemos citado. Con frecuencia, ellos han abordado problemas sociales que los partidos principales no han sabido colocar al frente del discurso público e incluir en la agenda del gobierno. Sin embargo, la mayoría de los terceros partidos han florecido en una sola elección y luego mueren, se esfuman o son absorbidos por alguno de los partidos grandes. Desde la década de 1850, sólo un nuevo partido, el Partido Republicano, ha sido capaz de alcanzar una categoría importante. En ese caso había una cuestión moral apremiante, la esclavitud, que dividía a la nación y sentó las bases para el reclutamiento de candidatos y la movilización de los votantes.

Aun cuando la tabla no muestra que haya mucho apoyo para la viabilidad a largo plazo de terceros partidos, hay pruebas de que éstos pueden tener un impacto apreciable en el resultado de las elecciones. Por ejemplo, la candidatura del tercer partido de Theodore Roosevelt en 1912 dividió el voto republicano normal y permitió que el demócrata Woodrow Wilson fuera elegido, a pesar de que no obtuvo la mayoría del voto popular. En 1992, la candidatura independiente de H. Ross Perot atrajo a electores que, en otras condiciones, habrían votado por los republicanos en la década de 1980 y, por lo tanto, contribuyó a la derrota del presidente republicano en funciones, George H.W. Bush. En la contienda en extremo competida de 2000 entre el republicano George W. Bush y el demócrata Al Gore, es posible que si el candidato del Partido Verde, Ralph Nader, no hubiera aparecido en las papeletas electorales de Florida, Gore habría ganado los votos electorales de ese estado y, de ese modo, habría obtenido la mayoría de votos electorales necesaria para ser elegido presidente.

Desde la década de 1990, las encuestas de opinión pública han mostrado siempre un alto nivel de apoyo popular para el concepto del tercer partido. En los preparativos de la elección de 2000, una Encuesta Gallup reveló que el 67 por ciento de los estadounidenses estaba a favor de un tercer partido fuerte, capaz de proponer candidatos a la presidencia, el Congreso y los gobiernos estatales que contendieran con los candidatos republicanos y demócratas. Fue por esos sentimientos, además de unos generosos gastos de campaña, por lo que el multimillonario tejano Perot ganó el 19 por ciento del voto popular para la presidencia en 1992, el porcentaje más alto que haya obtenido un candidato ajeno a los partidos principales, desde que Theodore Roosevelt (con el Partido Progresista) ganó el 27 por ciento en 1912.

A pesar de las manifestaciones de posible apoyo a un tercer partido, hay enormes obstáculos para que éste gane en verdad la presidencia, e incluso para que logre obtener un número apreciable de senadores o representantes. Además de los que ya hemos citado, el más notable es el temor de los votantes de que, al emitir su sufragio a favor del candidato de un tercer partido, en realidad estén "desperdiciando" su voto. Se ha enseñado a los electores a actuar en forma estratégica, votando por el segundo candidato de su preferencia cuando el primero sea el candidato de un tercer partido y, a su juicio, no tenga posibilidades de ganar. Así, en una encuesta realizada antes de la elección de 2000, el 15 por ciento de los votantes mostró mayor preferencia por Ralph Nader que por George W. Bush o Al Gore, pero Nader obtuvo sólo el 2,7 por ciento del voto popular. Así fue en 1992, pues entre los votantes que daban más altas puntuaciones a Ross Perot, el 21 por ciento optó por apoyar a otros candidatos a la hora de depositar sus sufragios.

También existe el fenómeno de votar por el candidato de un tercer partido en señal de “protesta”. Por ejemplo, las Encuestas Gallup de 1992 revelaron que el 5 por ciento de los que votaron por Perot dijeron que no habrían votado por él si hubieran creído que realmente podía ganar.

También los candidatos independientes de terceros partidos enfrentarían un problema aterrador en caso de ganar la presidencia. Por supuesto, tal es el problema de gobernar: formar el personal de una administración y luego trabajar con un Congreso dominado por republicanos y demócratas que tendrían muy pocos incentivos para colaborar con un presidente que no pertenece a un partido importante.

 

EL COLEGIO ELECTORAL

Cuando los votantes estadounidenses acuden a las urnas para elegir al presidente, muchos de ellos creen que están participando en la elección directa del mandatario. Esto no es así desde el punto de vista técnico, debido a la existencia del colegio electoral, una reliquia constitucional del siglo XVIII.
 
Colegio electoral es el nombre con el que se designa a un grupo de "electores" que son nominados por activistas políticos y miembros de partidos en los estados. El día de las elecciones, esos electores, leales a uno u otro candidato, son elegidos por voto popular. En diciembre, después de la votación presidencial, los electores se reúnen en las capitales de sus respectivos estados y emiten sus votos para presidente y vicepresidente. Para ser elegido, el presidente debe reunir 270 votos electorales.
 
Es posible que en una contienda reñida o de partidos múltiples, el colegio electoral no emita 270 votos a favor de ningún candidato; en ese caso, la Cámara de Representantes tiene que escoger al siguiente presidente.
 
El sistema de colegio electoral fue establecido en el Artículo II, Sección I de la Constitución de los Estados Unidos. Aun cuando ha sido tema de ligeras controversias en los últimos años, se le ha considerado también como una fuerza estabilizadora en el sistema electoral.

CÓMO FUNCIONA HOY EL COLEGIO ELECTORAL

• En los 50 estados y el Distrito de Columbia, los votantes registrados depositan sus sufragios para presidente y vicepresidente, el primer martes siguiente al primer lunes de noviembre, en el año de la elección presidencial.
 
• Los candidatos que ganan el voto popular en un estado suelen recibir todos los votos electorales de dicho estado. (En términos técnicos, todos los electores leales a esos candidatos son elegidos.)
 
• El número de electores de un estado es igual el número de senadores y representantes de dicho estado. El Distrito de Columbia, que no tiene representación electoral en el Congreso, cuenta con tres votos electorales.
 
• Los electores se reúnen y votan oficialmente por el presidente y el vicepresidente, el primer lunes siguiente al segundo miércoles de diciembre, en el año de la elección presidencial. Se requiere una mayoría de votos para que un candidato sea elegido. En virtud de que hay 538 electores, es necesario reunir un mínimo de 270 para ganar el colegio electoral.
 
•Si ningún candidato a la presidencia obtiene la mayoría de los votos electorales, la Cámara de Representantes debe determinar quién es el ganador entre los tres candidatos que hayan obtenido más votos en el colegio electoral. Con ese fin, los miembros de la Cámara votan por estados y la delegación de cada estado deposita un voto.
 
• Si ningún candidato a la vicepresidencia obtiene la mayoría de los votos electorales, el Senado tiene que determinar al ganador entre los dos que hayan obtenido más votos en el colegio electoral.

El presidente y el vicepresidente prestan juramento y asumen sus cargos el 20 de enero siguiente a la fecha de la elección.

Electoral College

John F. Bibby es profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad de Wisconsin, Milwaukee, y fue presidente de la subdisciplina de partidos políticos en la Asociación de Ciencias Políticas de los Estados Unidos. Bibby es una autoridad en la política y el gobierno de los Estados Unidos y es autor de Politics, Parties, and Elections in America.

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