P: ¿Cuáles son los principales temas
de la elección de 2004?
R: En el curso de toda campaña se toca
una amplia variedad de temas, pero en la próxima elección
presidencial parece muy probable que los asuntos clave sean dos. Uno
es el bienestar de la economía, lo cual significa crecimiento
económico, empleos, la situación general de la política fiscal de
los Estados Unidos.
El segundo tema es la seguridad, la seguridad física. Esto se
refiere a la sensación de bienestar de los norteamericanos frente al
terrorismo en su país e implica la política de seguridad nacional,
en particular la secuela de nuestras operaciones militares en
Afganistán e Iraq.
P: ¿Al estadounidense ordinario le
interesan los asuntos de política exterior?
R: El interés del público por
la política exterior crece y decrece según el entorno internacional.
En términos más generales, durante la Guerra Fría hubo épocas en que
los estadounidenses tenían un profundo interés en la política
exterior; sin duda, la Guerra de Vietnam llegó a ser un problema
para la población. Creo que la razón por la cual la política
exterior será importante en la elección de 2004 son los hechos
ocurridos el 11 de septiembre. El ataque terrorista contra el Centro
Mundial de Comercio y el Pentágono mostró con claridad a nuestro
pueblo que no estamos tan seguros como creíamos, y la gran mayoría
de nuestros ciudadanos respondieron en forma muy positiva al
argumento del presidente Bush cuando dijo que debíamos dar la
batalla contra los terroristas.
Los sucesos del 11 de septiembre significan que ahora los
estadounidenses entienden que hay un nexo muy claro entre la
seguridad en el país y nuestra política en el exterior, y es
indudable que el espectacular aumento de popularidad del presidente
entre el público nacional por el sentimiento general de que se
mostró como un líder decidido, fue el fruto de sus acciones en
política exterior y no de las iniciativas de la administración en el
interior.
A partir del 11 de septiembre, los republicanos adquirieron una
enorme ventaja en las encuestas de opinión, como el partido al cual
confía el público el manejo de la política de seguridad nacional, y
conservar esa ventaja será uno de los factores clave para la
reelección del presidente. Mermar esa ventaja es sin duda una de las
metas de los demócratas en su intento de recuperar
la Casa Blanca.
Las decisivas victorias militares obtenidas en Afganistán e Iraq
por las coaliciones encabezadas por los Estados Unidos han traído
consigo el desafío mucho más complejo de la reconstrucción de
posguerra, dando a los críticos de la administración buenas
oportunidades para hacer de esto uno de sus temas de
campaña.
P: La elección presidencial
anterior, en 2000, fue una reñida contienda entre Bush y Gore. ¿Cómo
influye lo cerrado de esa votación en la táctica y la estrategia
para la futura elección en 2004?
R: La elección presidencial de
2000 se resolvió con la decisión de 5 a 4 en la Corte Suprema para
poner punto final a la cuenta de votos en el estado de Florida. Lo
importante aquí fue que el resultado en 2000 reafirmó la evidente
realidad de que somos una nación 50-50, dividida casi por partes
iguales entre demócratas y republicanos en todos los niveles de los
cargos públicos de elección y en el nivel del votante
individual.
Por lo tanto, creo que las estrategias de los dos partidos
anticipan una elección muy disputada en 2004. Ambos partidos
comprenden la importancia de recurrir a sus fieles partidarios. Así,
habrá un enorme esfuerzo para movilizar a cada uno de los votantes.
Creo que vamos a ver un viraje fascinante, pues aunque se seguirán
usando los recursos de la publicidad por televisión, se harán más
esfuerzos para propiciar la identificación del votante y “extraerle
su voto”.
Los dos partidos y sus grupos de interés aliados harán enormes
inversiones para hacer que sus partidarios acudan a las urnas. Los
demócratas pueden aprovechar el descontento de sus partidarios más
fieles por el resultado obtenido en Florida en 2000, como una fuerza
motivadora para que su gente se presente a votar.
No obstante, vale la pena recordar que en las elecciones de medio
período para los escaños del Congreso, los republicanos ganaron la
batalla de la asistencia a las urnas: tuvieron mucho más éxito en la
movilización de sus partidarios y eso explicó en gran parte su éxito
en esas elecciones.
P: ¿Cómo logran los partidos que los
electores acudan a votar?
R: En otros países donde el
sufragio es obligatorio o hay un índice muy alto de participación
electoral, estas consideraciones no se presentan en la misma forma,
pero en los Estados Unidos, donde una participación de 50% del
electorado en edad de votar se considera normal en las elecciones
presidenciales, es muy importante todo lo que se haga para tratar de
motivar a los ciudadanos a que ejerzan el sufragio.
Ahora bien, si se pregunta a qué se debe que los estadounidenses
voten o se abstengan de hacerlo, el factor más importante tiende a
ser la información. ¿Saben los posibles votantes que se acerca una
elección? ¿Saben quiénes son los candidatos? ¿Saben cuáles son las
diferencias entre los candidatos y entre los partidos? En segundo
lugar, ¿tienen nexos con alguno de los partidos? ¿Se vinculan de
alguna manera a las fuerzas que se enfrentan en las elecciones?
En tercer lugar, ¿alguien les ha pedido que voten? ¿Han tenido
contacto personal con alguien que les haya informado dónde se
localizan los centros de votación, cuándo se deben presentar a votar
y otras cosas de ese tipo? Este último factor es el centro focal de
los esfuerzos para incitar al voto.
Lo que se requiere para el éxito de esos esfuerzos es construir
la organización en el nivel local, usar archivos computarizados para
identificar a los probables partidarios, comunicarse con ellos por
teléfono, por correo y por contacto personal en el mejor de los
casos, de preferencia por medio de una fuente fiable –un compañero
de trabajo o alguien de su comunidad– y después, el día de la
elección, efectuar llamadas de seguimiento para confirmar que
acudirán a las urnas y, en ciertos casos, ofrecerles transporte a
esos lugares. Esto es en verdad un esfuerzo extraordinario.
P: Como es natural, la movilización es
más eficaz con el núcleo de sus partidarios. ¿Cuál es el núcleo de
partidarios de cada partido?
R: El análisis demográfico del
Centro de Estudios Políticos de la Universidad de Michigan
[http://www.umich.edu/~nes/nesguide/nesguide.htm] teoriza sobre las
diferencias entre las bases de cada uno de los partidos políticos.
Resulta que los partidarios más decididos de los demócratas son
afro-estadounidenses. Ellos suelen votar por los demócratas en
proporción de 9 a 1. Los hispanos también tienden a apoyar a los
demócratas, aunque por un margen de 2 a 1 o menos. Las familias
sindicalistas votan en forma desproporcionada a favor del Partido
Demócrata. Los electores de la clase trabajadora de bajos ingresos
tienden a votar más por los demócratas, aunque algunos son
conservadores sociales y una porción sustancial de ellos se siente
atraída a veces por candidatos republicanos. Los intereses sociales
y culturales explican en gran parte el hecho de que los varones
blancos de la clase obrera y de clase media estén a favor del
Partido Republicano.
Las personas divorciadas y las familias de un solo progenitor
tienden a ser más demócratas, mientras que las parejas casadas
tradicionales tienden a ser más republicanas. La filiación
religiosa, así como la práctica y la asistencia al culto, son
indicios poderosos de quienes forman parte de la base electoral
republicana. Cuanto más a menudo asiste alguien a los servicios
religiosos, tanto más probable es que sea republicano y que vote por
ese partido. La gente no religiosa tiende a ser demócrata.
Las personas de altos ingresos son de orientación republicana.
Esto cobra especial validez entre los que se dedican al comercio,
desde pequeños empresarios hasta ejecutivos de corporaciones. Sin
embargo, los profesionales de nuevo cuño –con muy esmerada educación
y poseedores de títulos académicos– votan cada vez más por los
demócratas.
Por último, hay una diferencia geográfica en la base de cada uno
de los partidos. La llamamos la división de “los estados rojos y
azules”, por la forma en que se mostró en televisión cómo quedó
dividido el mapa de los Estados Unidos después de la última elección
presidencial. Los estados pintados de azul en el mapa votaron por
los demócratas; se concentran en las costas del este y el oeste, y
en la hilera de estados del norte. Los estados rojos, o
republicanos, tienden a estar ubicados en el sur, en los estados de
granjas rurales y de las montañas Rocallosas, así como en algunos
estados del oeste medio. También se puede observar la filiación
partidista dentro de los estados. Los demócratas suelen tener sus
bases en las ciudades y en los suburbios internos. Los republicanos
tienen más fuerza en los suburbios externos y en las áreas
rurales.
Los demócratas han adquirido más fuerza en las áreas de alta
tecnología que están en crecimiento, mientras que los republicanos
tienen más presencia en ciertas regiones del país que en realidad
han perdido población: algunas de las áreas rurales. Los
republicanos han tenido mucho éxito en los suburbios sureños de todo
tipo, incluso en las zonas de rápido crecimiento como la que está en
los alrededores de Atlanta (Georgia).
En suma, se podría pensar que el republicano es el partido de los
conservadores religiosos y culturales; los hombres y mujeres de
negocios; el Sur, los estados montañosos y el Oeste Medio; así como
los suburbios externos y las áreas rurales. Los partidarios
demócratas incluyen a minorías; laicos y liberales sociales;
familias sindicalistas; residentes de grandes ciudades con bajos
ingresos; y las costas del Este y el Oeste. Por supuesto, todas
estas clasificaciones se basan en tendencias generales. Entre todos
los grupos demográficos hay diversidad en materia de orientación
política.
P. ¿A qué ventajas y desventajas se
enfrentan los presidentes en funciones en las elecciones?
R: En primer lugar, es un hecho
histórico que la mayoría de los presidentes en el cargo que buscan
la reelección han tenido éxito. Por supuesto, no todos lo han
logrado. De hecho, en la historia reciente hemos visto a varios que
no tuvieron éxito. El primer presidente Bush en 1992 y el presidente
Carter en 1980 no lograron ganar la reelección. Lo mismo sucedió con
Gerald Ford, quien llegó a la presidencia sin haber sido elegido y
luego falló en su campaña de reelección en 1976.
Sin embargo, en general, los presidentes tienden a ganar un
segundo período. Esto se debe, en parte, a que en las primarias se
sustraen con frecuencia a los desafíos que pudieran perjudicar su
candidatura al poner de relieve sus puntos débiles. No obstante, el
primer presidente Bush, el presidente Carter y el presidente Ford
tuvieron que enfrentar desafíos de campaña en las primarias. El
hecho de que el presidente actual, George W. Bush, no se enfrente a
ningún competidor por la nominación republicana es una enorme
ventaja para él.
En segundo lugar, los presidentes en funciones están en
condiciones de dominar lo que Theodore Roosevelt llamó “el púlpito
del bravucón”, es decir, pueden establecer la agenda de actividades
y enfocar la atención del público en los asuntos más favorables a
ellos. En ciertas ocasiones, por medio de actividades de política
exterior y en asuntos económicos internos, ellos están en
condiciones de cambiar la realidad, sobre la marcha, en la forma que
les resulte más conveniente para ser elegidos. También les resulta
más fácil –a los mandatarios en el cargo– recaudar fondos y acumular
recursos. Cuentan con beneficios que pueden distribuir entre los
activistas del partido que les brinden alguna ventaja en la elección
misma.
Ahora bien, la desventaja del mandatario en funciones es que
existe la tendencia de acreditar a los presidentes todas las cosas
buenas que suceden durante su mandato y a culparlos de las cosas
malas, sin importar que merezcan o no el crédito o la condena. Por
eso, ocupar la presidencia en una buena época es un camino a la
reelección, pero ser el mandatario en el cargo cuando la economía va
mal o cuando la política exterior se ha estropeado es una clara
desventaja. En muchos aspectos, las elecciones son plebiscitos sobre
la percepción que se tiene del rendimiento de la administración
actual.
Si son buenos tiempos, el presidente tendrá una ventaja; si la
época es mala, tendrá sin duda una desventaja.
P: La base política del Sr. Bush como
presidente se percibe con claridad. Por otra parte, la mayoría de
los contendientes demócratas han ocupado diferentes cargos públicos:
congresista, senador, gobernador de un estado, general de las
fuerzas militares. ¿Cómo influyen esos puestos en sus posibilidades
de llegar a la presidencia?
R: Se afirma que la mayoría de
los miembros del Senado de la república, cuando se levantan cada
mañana y se miran al espejo ven a un posible presidente. Sin
embargo, como se dice, muchos senadores son “llamados”, pero pocos
son los elegidos. La última persona que salió del Senado para ganar
la presidencia fue John Kennedy en 1960. Desde entonces varios
senadores han ganado la nominación, pero han perdido la elección.
Entre ellos figuran Bob Dole en 1996 y George McGovern en 1972. Así
pues, resulta que el Senado no es una plataforma de lanzamiento
especialmente atractiva para la elección presidencial.
La mayoría de los candidatos que han llegado a la presidencia
ocuparon antes el cargo de vicepresidente o gobernador. La
vicepresidencia es una base natural para quien aspira a ser
presidente, pese a lo cual el vicepresidente en funciones no siempre
tiene éxito, como lo comprobó Al Gore en 2000. El cargo de
gobernador ha demostrado ser un terreno especialmente fértil para
contender por la presidencia, siendo el caso más reciente el de
George W. Bush y, antes de él, Bill Clinton, Ronald Reagan y Jimmy
Carter. Hay en realidad un expediente extraordinario. La carrera
militar fue un fértil terreno de reclutamiento para los presidentes
en el siglo XIX, pero en la era moderna sólo Dwight Eisenhower logró
pasar de comandante militar a comandante de la nación.
P: ¿Qué influencia tendrán las leyes
de financiamiento de las campañas en el resultado de esta
elección?
R: George Bush fue el primer
candidato presidencial elegido que rechazó los fondos públicos a la
par (del gobierno federal) en el proceso de nominación, en 2000. Por
eso no estuvo obligado a respetar los límites de gastos que ordenaba
la ley en esa época. En consecuencia, en el año 2000 recaudó más de
100 millones de dólares y gastó más que su opositor demócrata. Eso
no se le habría permitido si hubiera aceptado fondos públicos. En
2004, cuando los límites a las aportaciones individuales para los
candidatos se han duplicado de 1.000 a 2.000 dólares, de acuerdo con
la ley, Bush renunciará de nuevo en su campaña a los fondos públicos
a la par y recaudará contribuciones hasta de 200 millones de dólares
en el proceso de nominación.
Sin que nadie le dispute a Bush la nominación republicana, los
que están a cargo de la campaña del presidente podrán usar ese
dinero para definir en sus propios términos, frente al público, la
figura del candidato demócrata a la presidencia y para empezar a
construir la campaña de organización local destinada a inducir el
voto en forma favorable a su causa en las elecciones generales. Esto
es una enorme ventaja.
Ninguno de los candidatos demócratas ha mostrado la misma
habilidad para recaudar tales montos de dinero en la temporada de
las primarias del partido. Si aceptan los fondos públicos a la par,
estarán obligados a gastar un monto cercano a los 50 millones; la
mayor parte de esa suma la gastarán al inicio de la campaña para las
primarias en 2003, y en los primeros meses de 2004 para tratar de
ganar la nominación. Después, tendrán poco o ningún dinero para el
resto del período, una vez que se haya perfilado un candidato en la
convención de su partido. En vista de esta posible disparidad, habrá
que observar si uno o varios de los candidatos demócratas rechazan
los fondos públicos a la par y optan por recaudar y gastar todo el
dinero que puedan obtener.
Una vez que terminan las campañas primarias y las convenciones de
nominación del partido se llevan a cabo, los candidatos deben tomar
la decisión de si aceptarán o no fondos públicos para la elección
general. Se espera que tanto el presidente Bush como el candidato
demócrata acepten los fondos públicos a la par.
P: ¿Es tan grande la influencia del
dinero en el resultado de las contiendas por la
presidencia?
R: El efecto del dinero a este
respecto es más fuerte en algunas contiendas y en ciertas
situaciones que en otras. Su importancia es extrema en las
contiendas por la Cámara, en las del Senado de la república y en las
de gobernador, ya que se requiere mucho dinero para que el aspirante
llegue a ser conocido por los votantes y tenga en verdad la
oportunidad de romper el velo del anonimato que envuelve a la
mayoría de ellos.
Es importante en el proceso de la nominación presidencial, donde
la mayoría de los candidatos son relativamente desconocidos y
necesitan dinero para publicitar su persona y su plataforma, y para
formar su organización. En la elección general tiende a ser menos
importante porque los medios informativos dedican a la contienda
cierto grado de atención “gratuita” por la importancia que tiene a
esas alturas. Se presentan debates por televisión. En buena medida,
la gente se basa en su identificación con los partidos al evaluar a
los candidatos. Sin embargo, el dinero puede tener una influencia
marginal cuando la elección es muy competida.
P: ¿Bastará que el candidato
presidencial del Partido Demócrata critique al presidente Bush como
mandatario en funciones o será necesario que los demócratas
propongan algún tema de carácter positivo para ganar la elección de
2004?
R: Para tener éxito, los
demócratas necesitan dos cosas. La más importante de ellas, por
amplio margen, es plantear una razón por la cual los votantes le
nieguen a George Bush un segundo período. Más que un programa
alternativo, se trataría de un plebiscito negativo sobre la calidad
de la situación del país bajo el liderazgo de George Bush.
Para que los demócratas tengan una posibilidad de recuperar la
Casa Blanca y recobrar el control del Congreso, será necesario que
muchos votantes expresen un sentimiento parecido a éste: “Me siento
menos seguro de mi bienestar económico y de mi integridad física a
raíz el éxito ambiguo de la guerra contra el terrorismo y por la
confusa situación en Iraq”. Esto será una condición necesaria,
aunque tal vez no suficiente, para que los demócratas ganen la Casa
Blanca en 2004.
En segundo lugar, los demócratas tienen que cruzar un umbral de
credibilidad. Es preciso que presenten un candidato a quien el
pueblo estadounidense quiera confiar la protección de su seguridad y
la tarea de seguir un rumbo de políticas que no sea alocado o
extremista, y que no parezca ofrecer más riesgos que oportunidades a
los norteamericanos.
Así pues, los demócratas tendrán que designar en efecto a un
candidato que proponga una estrategia de seguridad nacional
plausible, una estrategia económica y de política interna plausible.
La mayoría de los estadounidenses no van a hacer una comparación
directa entre las recomendaciones de política del presidente Bush y
las de los demócratas. En lugar de eso, en caso de que la población
considere que el expediente del presidente no justifica del todo la
renovación de su mandato, optarán por examinar más de cerca el de
los demócratas y preguntarán: “¿podemos confiar en ellos?”. Allí es
donde el partido de oposición podría tener una opción positiva
factible.
P: Según un viejo adagio, los
candidatos adoptan en las primarias presidenciales posiciones más
extremas a fin de complacer a las bases de sus partidos: los
demócratas más a la izquierda y los republicanos más a la derecha.
¿Ocurre así en realidad y, en tal caso, influirá esto en el
comportamiento político durante el año próximo?
R: Los candidatos presidenciales que
han tenido éxito en las últimas elecciones no han sido presa de esa
tendencia. Por ejemplo, en 2000, George Bush halló la forma de
contender por la nominación republicana ofreciendo a los miembros de
su base conservadora una política sustantiva que los complació en
alto grado, pero con una retórica de moderación y compasión que lo
libró de ser caracterizado como excesivamente conservador o de
extrema derecha después de ganar la nominación.
Bill Clinton rechazó en su propio partido el enfoque tradicional
de izquierda contra derecha, y trató de atraer en otras formas tanto
a los votantes de la base como a los indecisos. Los activistas sí
tienden a ser más extremistas en su ideología durante las primarias,
hacia la derecha en el caso de los republicanos y a la izquierda en
el de los demócratas; sin embargo, es posible enmarcar las
exhortativas y los temas en formas que no dañen necesariamente su
posición en la campaña para la elección general.
Por su parte, las fuerzas de Bush también entienden la
importancia de la Internet y la han usado en forma activa para
recaudar dinero, forjar sus organizaciones locales y asegurarse de
contar con un medio para comunicarse con los activistas republicanos
de un modo que inspire a la gente y asigne con eficacia los
recursos.
Así pues, en esos aspectos, la Internet será una fuerza
importante en esta elección.
El Partido Republicano ha sido el de la mayoría en la Cámara de
Representantes desde la elección de 1994. También tuvieron una
estrecha mayoría en el Senado, que luego perdieron por corto tiempo
cuando el senador republicano Jim Jeffords defeccionó de su partido
y se hizo independiente. Los republicanos recobraron la mayoría en
el Senado en la elección de 2002. Al examinar la estructura de las
elecciones para la Cámara y el Senado, la conclusión de muchos
analistas es que los republicanos conservarán quizá esa mayoría por
todo el resto de la década, a menos que una marejada imprevista
cambie las cosas a favor del Partido Demócrata.
En parte, eso es resultado de la disminución del número de
distritos electorales competitivos en la Cámara de Representantes,
lo cual es consecuencia de muchos factores. En los últimos años,
esto se ha debido, en parte, al éxito obtenido por los republicanos
al aprovechar el proceso de redefinición de distritos en el nivel
estatal para asignar con más eficacia a sus votantes entre todos los
distritos del Congreso. Es probable que en la próxima elección sólo
sea reñida la contienda por el 10 por ciento de los 435 escaños de
la Cámara que serán disputados. Y con la ventaja de los republicanos
por ser el partido en el poder, por recolectar más dinero y por su
éxito en la redefinición de distritos, ellos tienen a su favor las
probabilidades de conservar su posición mayoritaria.
En los escaños del Senado hay más demócratas que republicanos.
Recuérdese que, en un año de elecciones cualquiera, un tercio de los
miembros del Senado aspiran a la reelección. Hay más demócratas en
esa situación y esos escaños tienden a corresponder a los estados
“rojos” (más conservadores), los cuales fueron ganados por George
Bush en 2000.
Así, sólo con una victoria presidencial avasalladora en su favor
podrían tener los demócratas la oportunidad de llegar a ser el
partido de la mayoría en el Congreso.