Aun cuando los medios informativos
enfocarán casi toda su atención en la elección presidencial de 2004,
los estadounidenses votarán al mismo tiempo para elegir a miles de
personas que ocuparán los más diversos cargos públicos.
En particular, las elecciones para el Congreso de la república pueden ser tan
competitivas como la campaña presidencial y casi de igual
importancia. En el presente, es muy estrecho el equilibrio del poder
en el Congreso entre los dos principales
partidos políticos. De hecho, los republicanos tienen una mayoría de sólo 12 escaños
(de los 435) en la cámara baja, la Cámara de
Representantes, y sólo 51 de los 100 asientos del Senado, la cámara
alta.
Las elecciones del Congreso son importantes por el papel
protagónico que éste desempeña en la elaboración de políticas. A
diferencia del sistema parlamentario, el sistema estadounidense
dispone la separación de poderes entre el Congreso y el presidente.
Todas las leyes son redactadas en el Congreso y deben ser aprobadas
por él. También a diferencia de los sistemas parlamentarios, la
disciplina partidista es a menudo menos estricta. Los miembros del
Congreso están en libertad de votar por las políticas de acuerdo a
su criterio, e incluso según lo que consideran mejor para lograr su
propia reelección. El resultado es que los líderes del Congreso
deben formar su coalición ganadora atrayendo a uno por uno de los
miembros, en lugar de contar con el apoyo unificado de partidos muy
disciplinados, con lo cual cada victoria o derrota en esta
institución es importante para los dos partidos.
Las elecciones separadas e independientes para cada cargo crean
la posibilidad de que un partido controle el Congreso, al tiempo que
un miembro del otro partido sea el presidente. Esto se conoce como
gobierno dividido y ha llegado a ser muy común. Partidos diferentes
han controlado la Cámara y la presidencia en 16 de los últimos 24
años. Los republicanos han tenido la mayoría en la Cámara desde
1994. También controlaron el Senado de 1994 a 2000, los seis últimos
de los ocho años que duró la administración del presidente demócrata
Bill Clinton.
Al final de las elecciones de 2000, los republicanos habían
ganado la presidencia y conservaron la mayoría en la Cámara. Sin
embargo, ambos partidos conservaron 50 escaños en el Senado. La
Constitución concede al vicepresidente (el republicano Dick Cheney)
el voto decisivo en caso de empate en el Senado, por lo cual los
republicanos conservaron la mayoría por el más pequeño de los
márgenes después de la elección del 2000 y obtuvieron así el control
unificado del gobierno federal.
En junio de 2001, el senador republicano James Jeffords se separó
del Partido Republicano, haciendo que el control del Senado volviera
a ser de los demócratas y que hubiera de nuevo un gobierno dividido.
A su vez, los demócratas perdieron esa minúscula mayoría en la
elección del 2002, devolviendo a los republicanos el control
unificado.
Cómo se escoge al Congreso
La Cámara y el Senado tienen casi las mismas facultades, pero sus
métodos de elección son muy diferentes. Los Fundadores de la
república estadounidense querían que los miembros de la Cámara
estuvieran cerca del público y, al legislar, reflejaran con más
fidelidad los deseos y las ambiciones del electorado. Por esa razón,
los Fundadores decidieron que la Cámara fuera relativamente numerosa
y tuviera elecciones frecuentes (cada dos años). Al principio,
algunos pensaron que los períodos de dos años eran demasiado largos.
Hoy es más común la preocupación de que las elecciones frecuentes
hacen que los funcionarios siempre estén contendiendo en pos de la
reelección y, por lo tanto, rara vez se preocupan por buscar el bien
de la nación pues sólo les interesa hacer lo mejor para su futuro
éxito electoral.
Cada escaño de la Cámara representa un electorado geográfico y
cada miembro es elegido por un distrito único o “de un solo miembro”
según la regla de mayoría relativa; es decir, el candidato que
recibe más votos gana la elección. Cada uno de los 50 estados tiene
asegurado por lo menos un asiento en la Cámara, y el resto se asigna
entre todos según su población. Por ejemplo, Alaska tiene poca
población y, por lo tanto, sólo ocupa un asiento en la Cámara.
California es el estado más grande y ocupa 53 escaños en la
actualidad.
El Senado fue creado para representar a los estados y, de hecho,
los senadores eran seleccionados al principio por las legislaturas
estatales. No fue sino hasta 1913, con la aprobación de la
Decimoséptima Enmienda a la Constitución, cuando los senadores
empezaron a ser elegidos directamente por los votantes de sus
estados. Cada estado tiene dos senadores elegidos para períodos de
seis años, y un tercio de los escaños del Senado son susceptibles de
reelección cada dos años. En efecto, entonces los senadores son
elegidos por mayoría relativa de votos de los electores y un estado
hace las veces de un distrito de un solo miembro.
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| La representante Kathleen Harris, republicana por
Florida, estrecha la mano del representante Kendrick Meek,
demócrata por Florida, mientras se preparan para una foto del
grupo de nuevos miembros de la Cámara de Representantes en
noviembre de 2002. (Doug Mills/The New York Times)
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| En la primaria demócrata, la candidata al congreso,
Denise Majette, agradece a sus partidarios en Decatur,
Georgia, en agosto de 2002. (AP/Wide World Photos)
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En las elecciones en las que la decisión se somete a la regla de
mayoría relativa, sobre todo de distritos de un solo miembro, es muy
probable que se produzca un sistema en el que haya exactamente dos
partidos políticos principales. Esto es así porque cualquier
candidato de un tercer partido tiene muy pocas probabilidades de
ganar. Los votantes prefieren no “desperdiciar” sus votos en lo que
ven como una campaña sin esperanza y, por lo tanto, los candidatos
que desean ganar la elección se abstienen de afiliarse a los
partidos que no tienen posibilidades. En virtud de que no hay una
“representación periférica”, las voces minoritarias tienden a estar
representadas dentro de alguno de los dos partidos fuertes, y no por
grupos separados de éstos que suscriban opiniones menos populares. A
lo largo de su historia, Estados Unidos nunca ha tenido más de dos
grandes partidos. Hoy, incluso en el apogeo de lo que se conoce como
las elecciones “centradas en los candidatos”, a menudo los terceros
partidos y sus candidatos pueden tratar de triunfar en las
elecciones, pero muy rara vez lo logran. Después de las elecciones
de 2002, sólo dos de los 435 miembros de la Cámara de la república
eran independientes, y no había más que un senador independiente
entre los 100 miembros del Senado. Todos los demás escaños de ambas
cámaras fueron ganados por miembros del Partido Republicano o el
Partido Demócrata, los dos partidos principales de este país desde
1860.
Factores que influyen en las elecciones del Congreso
Durante la mayor parte de la historia de los Estados Unidos, las
elecciones del Congreso estuvieron “centradas en los partidos”. En
virtud de que la mayoría de los votantes tenían una lealtad duradera
hacia uno u otro partido político, tendían a otorgar sus votos de
acuerdo con líneas partidistas. Los miembros del Congreso eran
reelegidos con frecuencia y a veces se mantenían en sus puestos
varias décadas porque la mayor parte de sus electores brindaban su
apoyo al partido. Sus esfuerzos como funcionarios individuales
solían tener una influencia sólo marginal para reforzar o debilitar
ese apoyo. En años más recientes, la personalidad y la temática de
los candidatos han surgido como elementos que se suman al impacto de
la lealtad al partido.
De hecho, desde la década de 1960, las elecciones nacionales se
centran cada vez más en los candidatos. La capacidad de éstos para
hacer sus campañas por televisión, recaudar enormes sumas de dinero
y realizar las encuestas y demás elementos de la política moderna,
ha hecho que el votante esté más consciente del candidato como
individuo. El resultado es que, además de ponderar su lealtad
partidista, el votante tiende a considerar su impresión personal de
los puntos fuertes y débiles de los dos candidatos.
El voto centrado en el candidato es una ventaja importante para
los miembros actuales del Congreso. En general, éstos tienen mucho
mayor exposición en la televisión y en la prensa que sus
contendientes. Con mayor exposición en los medios informativos y una
influencia considerable sobre las políticas públicas, los candidatos
en funciones pueden recaudar también mucho más dinero para el
financiamiento de sus campañas. Por éstas y otras razones, los
funcionarios que contienden por la reelección tienen muchas
probabilidades de ganar. En 2002, 398 miembros de la Cámara
contendieron por la reelección y sólo 16 fueron derrotados, al
tiempo que fracasaron sólo tres de los 26 senadores que contendieron
por la reelección. Con un índice de reelección de 88 por ciento para
el Senado y 96 por ciento para la Cámara, es justo decir que las
elecciones en el Congreso no sólo se centran en los candidatos, sino
también dependen del hecho de que éstos sean los titulares de los
cargos en disputa.
Con más dinero y mayor cobertura en los medios, los funcionarios
ganan porque el electorado ya los conoce, mientras lo más común es
que no conozca a sus opositores. Las encuestas han mostrado que más
de nueve de cada diez personas conocen el nombre de su representante
actual en la Cámara o el Senado, pero apenas poco más de la mitad de
ellas conocen el nombre del aspirante principal, incluso la final de
las campañas. Por el hecho de ser tan poco conocidos, a los
aspirantes les resulta muy difícil convencer a la gente que tiene
dinero de que es conveniente patrocinarlos. Esto crea un lamentable
ciclo en el que algunos candidatos que podrían ser fuertes optan a
menudo por no competir contra los funcionarios actuales, y los
“aspirantes sin esperanza” que deciden contender no consiguen reunir
dinero para poner en marcha sus campañas.
Figura 1 Contribuciones de Comités de Acción
Política para las campañas de la Cámara de los Estados Unidos
por partidos, 1983-2000
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| (Fuente: U.S. Statistical Abstract)
|
El monto de los fondos que los comités de acción política (CAP)
aportan a los candidatos al Congreso denota que en la elección de
sus miembros son muy importantes el dinero, el partido y el hecho de
que sean congresistas en funciones. Las aportaciones de esos comités
a los dos partidos principales entre 1983 y 2000 (el último año para
el cual se dispone de datos) se aprecian en la figura 1. En ella se
ilustra el incremento general en la afluencia de dinero para las
elecciones en ese período. Conviene observar también que los
demócratas tuvieron una ventaja notable en el apoyo de los CAPs
hasta 1994, es decir, en los años en que eran el partido de la
mayoría. En los tres últimos ciclos de elecciones, los republicanos
alcanzaron a los demócratas en términos de apoyo de los CAPs. Con
una competencia tan reñida, ambos partidos reciben hoy prácticamente
el mismo monto de aportaciones de esos comités.
Figura 2 Contribuciones de los Comités de Acción
Política para candidatos en funciones de la Cámara de EE.UU. y
sus contendientes, 1983-2000
 |
| (Fuente: U.S. Statistical Abstract)
|
La figura 2 muestra los donativos de los CAPs para los
funcionarios actuales y sus contendientes en el mismo período. La
ventaja masiva de los funcionarios en la recaudación de fondos es
patente en cada elección. De hecho, la suma que los CAPs aportan a
funcionarios ha registrado un claro aumento en los dos últimos
decenios, mientras que los fondos destinados a sus contendientes han
aumentado en mucho menor grado. Esta cifra, por sí sola, sugiere por
qué es tan alta la proporción de funcionarios que logran la
reelección.
Cuando los aspirantes se dan a conocer ante los votantes, es
mucho más probable que éstos vean a los dos candidatos en un plano
de mayor igualdad y voten por el que, a su juicio, transmita el
mensaje más convincente.
¿Qué propuestas son más efectivas en las elecciones para el
Congreso? También esto ha cambiado, sobre todo en las elecciones más
recientes.
Hasta hace poco, las elecciones del Congreso se decidían en
general a partir de las inquietudes e intereses específicos de cada
distrito, y no en función de los asuntos nacionales. Así solía ser,
sobre todo en las “elecciones de medio período”, es decir, las que
tienen lugar a la mitad del período de cuatro años del presidente y,
por lo tanto, no tienen el enfoque nacional propio de una campaña
presidencial. Este enfoque local de las elecciones encaja muy bien
con la llegada de las elecciones centradas en los candidatos, pues
permite que éstos adapten sus propuestas a sus respectivos
distritos.
Las elecciones de 1994 fueron un momento decisivo. El Partido
Republicano logró la mayoría en el Senado y ganó en forma asombrosa
52 escaños del Partido Demócrata en la Cámara para alzarse con una
mayoría en ese recinto por primera vez en 40 años. Parte de la
estrategia de su líder, el presidente de la Cámara, Newt Gingrich,
fue un programa legislativo de diez puntos conocido como el Contrato
con los Estados Unidos. Ese contrato había sido respaldado por la
gran mayoría de los candidatos republicanos a la Cámara desde las
primeras etapas de la campaña y cobró especial importancia después
de la elección. Gingrich prometió –con bastante buen éxito– que la
nueva mayoría republicana lograría que la legislación inspirada en
el contrato fuera aprobada por la Cámara en el lapso pasmosamente
breve de 100 días. Esta perspectiva elevó el perfil del Partido
Republicano y el de sus líderes. De ese modo se estableció una norma
según la cual los asuntos nacionales y una especie de plataforma
nacional del partido serían una parte ordinaria de las campañas de
medio período.
Las dos elecciones de medio período realizadas después de 1994
fueron tan sorprendentes como las elecciones de aquel año. En 1998,
por primera vez desde 1934, el partido de un presidente en funciones
ganó escaños en la Cámara (en este caso, cinco asientos y seis
asientos, respectivamente) al partido de la oposición. Aunque los
republicanos conservaron su mayoría en el Congreso, se consideró
que, en rigor, perdieron las elecciones de 1998. Muchos miembros del
partido culparon de esa “derrota” al hecho de que éste no adoptó una
posición clara frente a los asuntos nacionales. Los demócratas no
lograron ganar escaños ni obtuvieron la mayoría en 2002 y una vez
más, con razón o sin ella, muchos líderes del partido atribuyeron la
derrota a la incapacidad del partido para establecer una plataforma
nacional.
Las elecciones del Congreso en 2004
Los espectaculares giros y virajes de las elecciones del Congreso
en el último decenio dificultan los pronósticos. En realidad, es muy
posible que los puntos más importantes sean que el viejo estilo de
hacer campaña ya no es el más eficaz y que los votantes están en
vías de modificar su forma de tomar decisiones. Sin embargo, hay que
indagar varias cosas acerca de 2004.
La pregunta más apremiante para 2004 es si los demócratas podrán
ganar suficientes escaños para recuperar la mayoría en la Cámara. En
el Senado habrá sólo 34 asientos abiertos a la elección, 19 de los
cuales están ocupados ahora por demócratas. Además, un número menor
de republicanos tuvieron fuerte competencia la última vez y 22
contiendas serán en estados donde George W. Bush ganó en 2000. Por
lo tanto, no parece probable que los demócratas puedan augurar que
ganarán siquiera un escaño en el Senado. En consecuencia, la mayoría
republicana en esa institución parece estar segura y la atención se
desviará hacia la Cámara.
Ambos partidos están haciendo todo lo posible por reclutar a los
candidatos más fuertes y movilizar recursos para las elecciones de
la Cámara. Es mucho lo que depende del reclutamiento de nuevos
candidatos a la Cámara, sobre todo si éstos tienen experiencia
electoral como los miembros de las legislaturas estatales. No
obstante, otro factor de igual importancia es el grado en que el
candidato presidencial de su partido refuerce o debilite las
probabilidades de los candidatos a la Cámara, sobre todo los que
contienden por escaños no disputados por su ocupante actual. La
combinación de candidatos eficaces y con experiencia para la Cámara
y una campaña vigorosa por el candidato del partido a la presidencia
puede generar las mayores variaciones en la distribución de los
asientos entre los dos partidos.
En las últimas décadas se ha acortado “la longitud de los
faldones presidenciales”, es decir, el número de votantes que eligen
gente del mismo partido para el Congreso y para la presidencia. Los
dos votos son relativamente independientes. Además, como los dos
candidatos a la presidencia recibieron casi el mismo número de votos
en 2000, ese nexo no habría dado la ventaja ningún partido en las
contiendas del Congreso. Con un mandatario que espera obtener la
reelección y ante un equilibrio tan estrecho entre los dos partidos
en el Congreso, es muy posible que esa correlación de fuerzas vaya a
depender del voto presidencial. Si el presidente George Bush logra
obtener los altos índices de aprobación que le fueron otorgados
durante la guerra contra Iraq y su secuela inmediata, es muy posible
que refuerce la posición de su partido tanto en la Cámara como en el
Senado. Si su índice de aprobación se desploma, tal vez a causa de
cuestiones económicas, entonces es concebible que la década de
mayoría republicana en la Cámara termine junto con su período en la
presidencia.
Si los asuntos nacionales cobran cada vez más importancia en las
elecciones del Congreso, la fuerza nacional más importante en 2004
serán los candidatos presidenciales y sus campañas políticas. Este
aspecto es el más difícil de pronosticar. En el bando demócrata, la
contienda por la nominación presidencial sigue abierta en la fecha
de redacción de este texto y muchos candidatos aspiran a la
nominación sin que ninguno se perfile aún como “corredor puntero”.
En este momento no se puede saber si el candidato que encabezará la
fórmula demócrata será liberal o moderado, belicista o contrario a
la guerra. Si el presidente Bush decide contender, como se espera
que lo haga, podemos confiar en que logrará la nominación una vez
más.
Es posible que la política nacional vuelva a surgir en 2004 como
el tema fundamental. Empero, es factible que la guerra contra el
terrorismo siga siendo la cuestión más importante en la política
exterior. Desde hace tiempo (a raíz de la caída de la Unión
Soviética), los intereses internacionales han sido de suma
importancia en las elecciones presidenciales y hay mucha
incertidumbre en torno a cómo plantearán los dos bandos el debate y
cuál será la reacción del público. Sin embargo, a estas alturas
parece que la economía del país será la mayor preocupación de los
votantes. No obstante, una vez más hay gran incertidumbre, en este
caso por no saber si la economía tendrá una fuerte mejoría (y ésta
será interpretada como tal), lo cual favorecería a los republicanos,
o si seguirá siendo débil o incluso entrará en recesión, con lo cual
la economía sería un factor a favor del retorno de los
demócratas.
En suma, el control partidista de la Cámara y el Senado estará en
juego en 2004, por el equilibrio tan estrecho en que han estado los
dos partidos en el último decenio. Por lo tanto, es mucho lo que
estará en juego para la democracia estadounidense pues el rumbo que
tome la política será muy distinto si el control lo gana un partido,
el otro o ninguno de los dos. Otro factor que complica esa
incertidumbre es la alta posibilidad de que los resultados en el
Congreso se decidan según la forma en que el público reaccione ante
los dos candidatos presidenciales y por quiénes serán los candidatos
del Partido Demócrata, qué principios suscribirán y cuál será la
reacción del público ante ellos. Por todo esto, el espectáculo de
las contiendas de 2004 será inusualmente
excitante.