ELECCIONES 2004
Prefacio
Los Partidos Políticos en los Estados Unidos
Por John F. Bibby
La Nominación Presidencial y la Democracia Estadounidense
Por Stephen J.
Wayne
Procedimientos Electorales de los Estados Unidos
Por Michael W. Traugott
Cronología de las Elecciones de 2004
La Campaña de 2004: Entrevista con Thomas Mann
Por Paul Malamud
Las Elecciones del Congreso
Por John H. Aldrich
Las Encuestas, los Expertos y las Elecciones de 2004
Por John Zogby
El Estado de las Finanzas de Campaña
Por Joseph E. Cantor
Retratos de los Presidentes Estadounidenses
Glosario de las Elecciones
 
 
Elections 2004
Las Elecciones del Congreso
Por John H. Aldrich

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President George W. Bush delivers his first address to a joint session of the U.S. Congress February 27, 2001.
El presidente George W. Bush pronuncia su primer discurso en una sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos, el 27 de febrero de 2001. (© AFP/CORBIS)

Members of the House of Representatives are sworn in January 7, 1997, as the 105th Congress begins.
Miembros de la Cámara de Representantes prestan juramento el 7 de enero de 1997, al inicio del 105o Congreso. (AP/Wide World Photos )

Aun cuando los medios informativos enfocarán casi toda su atención en la elección presidencial de 2004, los estadounidenses votarán al mismo tiempo para elegir a miles de personas que ocuparán los más diversos cargos públicos. En particular, las elecciones para el Congreso de la república pueden ser tan competitivas como la campaña presidencial y casi de igual importancia. En el presente, es muy estrecho el equilibrio del poder en el Congreso entre los dos principales partidos políticos. De hecho, los republicanos tienen una mayoría de sólo 12 escaños (de los 435) en la cámara baja, la Cámara de Representantes, y sólo 51 de los 100 asientos del Senado, la cámara alta.

Las elecciones del Congreso son importantes por el papel protagónico que éste desempeña en la elaboración de políticas. A diferencia del sistema parlamentario, el sistema estadounidense dispone la separación de poderes entre el Congreso y el presidente. Todas las leyes son redactadas en el Congreso y deben ser aprobadas por él. También a diferencia de los sistemas parlamentarios, la disciplina partidista es a menudo menos estricta. Los miembros del Congreso están en libertad de votar por las políticas de acuerdo a su criterio, e incluso según lo que consideran mejor para lograr su propia reelección. El resultado es que los líderes del Congreso deben formar su coalición ganadora atrayendo a uno por uno de los miembros, en lugar de contar con el apoyo unificado de partidos muy disciplinados, con lo cual cada victoria o derrota en esta institución es importante para los dos partidos.

Las elecciones separadas e independientes para cada cargo crean la posibilidad de que un partido controle el Congreso, al tiempo que un miembro del otro partido sea el presidente. Esto se conoce como gobierno dividido y ha llegado a ser muy común. Partidos diferentes han controlado la Cámara y la presidencia en 16 de los últimos 24 años. Los republicanos han tenido la mayoría en la Cámara desde 1994. También controlaron el Senado de 1994 a 2000, los seis últimos de los ocho años que duró la administración del presidente demócrata Bill Clinton.

Al final de las elecciones de 2000, los republicanos habían ganado la presidencia y conservaron la mayoría en la Cámara. Sin embargo, ambos partidos conservaron 50 escaños en el Senado. La Constitución concede al vicepresidente (el republicano Dick Cheney) el voto decisivo en caso de empate en el Senado, por lo cual los republicanos conservaron la mayoría por el más pequeño de los márgenes después de la elección del 2000 y obtuvieron así el control unificado del gobierno federal.

En junio de 2001, el senador republicano James Jeffords se separó del Partido Republicano, haciendo que el control del Senado volviera a ser de los demócratas y que hubiera de nuevo un gobierno dividido. A su vez, los demócratas perdieron esa minúscula mayoría en la elección del 2002, devolviendo a los republicanos el control unificado.

Cómo se escoge al Congreso

La Cámara y el Senado tienen casi las mismas facultades, pero sus métodos de elección son muy diferentes. Los Fundadores de la república estadounidense querían que los miembros de la Cámara estuvieran cerca del público y, al legislar, reflejaran con más fidelidad los deseos y las ambiciones del electorado. Por esa razón, los Fundadores decidieron que la Cámara fuera relativamente numerosa y tuviera elecciones frecuentes (cada dos años). Al principio, algunos pensaron que los períodos de dos años eran demasiado largos. Hoy es más común la preocupación de que las elecciones frecuentes hacen que los funcionarios siempre estén contendiendo en pos de la reelección y, por lo tanto, rara vez se preocupan por buscar el bien de la nación pues sólo les interesa hacer lo mejor para su futuro éxito electoral.

Cada escaño de la Cámara representa un electorado geográfico y cada miembro es elegido por un distrito único o “de un solo miembro” según la regla de mayoría relativa; es decir, el candidato que recibe más votos gana la elección. Cada uno de los 50 estados tiene asegurado por lo menos un asiento en la Cámara, y el resto se asigna entre todos según su población. Por ejemplo, Alaska tiene poca población y, por lo tanto, sólo ocupa un asiento en la Cámara. California es el estado más grande y ocupa 53 escaños en la actualidad.

El Senado fue creado para representar a los estados y, de hecho, los senadores eran seleccionados al principio por las legislaturas estatales. No fue sino hasta 1913, con la aprobación de la Decimoséptima Enmienda a la Constitución, cuando los senadores empezaron a ser elegidos directamente por los votantes de sus estados. Cada estado tiene dos senadores elegidos para períodos de seis años, y un tercio de los escaños del Senado son susceptibles de reelección cada dos años. En efecto, entonces los senadores son elegidos por mayoría relativa de votos de los electores y un estado hace las veces de un distrito de un solo miembro.

Kathleen Harris
La representante Kathleen Harris, republicana por Florida, estrecha la mano del representante Kendrick Meek, demócrata por Florida, mientras se preparan para una foto del grupo de nuevos miembros de la Cámara de Representantes en noviembre de 2002. (Doug Mills/The New York Times)

Denise Majette
En la primaria demócrata, la candidata al congreso, Denise Majette, agradece a sus partidarios en Decatur, Georgia, en agosto de 2002. (AP/Wide World Photos)

En las elecciones en las que la decisión se somete a la regla de mayoría relativa, sobre todo de distritos de un solo miembro, es muy probable que se produzca un sistema en el que haya exactamente dos partidos políticos principales. Esto es así porque cualquier candidato de un tercer partido tiene muy pocas probabilidades de ganar. Los votantes prefieren no “desperdiciar” sus votos en lo que ven como una campaña sin esperanza y, por lo tanto, los candidatos que desean ganar la elección se abstienen de afiliarse a los partidos que no tienen posibilidades. En virtud de que no hay una “representación periférica”, las voces minoritarias tienden a estar representadas dentro de alguno de los dos partidos fuertes, y no por grupos separados de éstos que suscriban opiniones menos populares. A lo largo de su historia, Estados Unidos nunca ha tenido más de dos grandes partidos. Hoy, incluso en el apogeo de lo que se conoce como las elecciones “centradas en los candidatos”, a menudo los terceros partidos y sus candidatos pueden tratar de triunfar en las elecciones, pero muy rara vez lo logran. Después de las elecciones de 2002, sólo dos de los 435 miembros de la Cámara de la república eran independientes, y no había más que un senador independiente entre los 100 miembros del Senado. Todos los demás escaños de ambas cámaras fueron ganados por miembros del Partido Republicano o el Partido Demócrata, los dos partidos principales de este país desde 1860.

Factores que influyen en las elecciones del Congreso

Durante la mayor parte de la historia de los Estados Unidos, las elecciones del Congreso estuvieron “centradas en los partidos”. En virtud de que la mayoría de los votantes tenían una lealtad duradera hacia uno u otro partido político, tendían a otorgar sus votos de acuerdo con líneas partidistas. Los miembros del Congreso eran reelegidos con frecuencia y a veces se mantenían en sus puestos varias décadas porque la mayor parte de sus electores brindaban su apoyo al partido. Sus esfuerzos como funcionarios individuales solían tener una influencia sólo marginal para reforzar o debilitar ese apoyo. En años más recientes, la personalidad y la temática de los candidatos han surgido como elementos que se suman al impacto de la lealtad al partido.

De hecho, desde la década de 1960, las elecciones nacionales se centran cada vez más en los candidatos. La capacidad de éstos para hacer sus campañas por televisión, recaudar enormes sumas de dinero y realizar las encuestas y demás elementos de la política moderna, ha hecho que el votante esté más consciente del candidato como individuo. El resultado es que, además de ponderar su lealtad partidista, el votante tiende a considerar su impresión personal de los puntos fuertes y débiles de los dos candidatos.

El voto centrado en el candidato es una ventaja importante para los miembros actuales del Congreso. En general, éstos tienen mucho mayor exposición en la televisión y en la prensa que sus contendientes. Con mayor exposición en los medios informativos y una influencia considerable sobre las políticas públicas, los candidatos en funciones pueden recaudar también mucho más dinero para el financiamiento de sus campañas. Por éstas y otras razones, los funcionarios que contienden por la reelección tienen muchas probabilidades de ganar. En 2002, 398 miembros de la Cámara contendieron por la reelección y sólo 16 fueron derrotados, al tiempo que fracasaron sólo tres de los 26 senadores que contendieron por la reelección. Con un índice de reelección de 88 por ciento para el Senado y 96 por ciento para la Cámara, es justo decir que las elecciones en el Congreso no sólo se centran en los candidatos, sino también dependen del hecho de que éstos sean los titulares de los cargos en disputa.

Con más dinero y mayor cobertura en los medios, los funcionarios ganan porque el electorado ya los conoce, mientras lo más común es que no conozca a sus opositores. Las encuestas han mostrado que más de nueve de cada diez personas conocen el nombre de su representante actual en la Cámara o el Senado, pero apenas poco más de la mitad de ellas conocen el nombre del aspirante principal, incluso la final de las campañas. Por el hecho de ser tan poco conocidos, a los aspirantes les resulta muy difícil convencer a la gente que tiene dinero de que es conveniente patrocinarlos. Esto crea un lamentable ciclo en el que algunos candidatos que podrían ser fuertes optan a menudo por no competir contra los funcionarios actuales, y los “aspirantes sin esperanza” que deciden contender no consiguen reunir dinero para poner en marcha sus campañas.

Figura 1
Contribuciones de Comités de Acción Política para las campañas de la Cámara de los Estados Unidos por partidos, 1983-2000
(Fuente: U.S. Statistical Abstract)

El monto de los fondos que los comités de acción política (CAP) aportan a los candidatos al Congreso denota que en la elección de sus miembros son muy importantes el dinero, el partido y el hecho de que sean congresistas en funciones. Las aportaciones de esos comités a los dos partidos principales entre 1983 y 2000 (el último año para el cual se dispone de datos) se aprecian en la figura 1. En ella se ilustra el incremento general en la afluencia de dinero para las elecciones en ese período. Conviene observar también que los demócratas tuvieron una ventaja notable en el apoyo de los CAPs hasta 1994, es decir, en los años en que eran el partido de la mayoría. En los tres últimos ciclos de elecciones, los republicanos alcanzaron a los demócratas en términos de apoyo de los CAPs. Con una competencia tan reñida, ambos partidos reciben hoy prácticamente el mismo monto de aportaciones de esos comités.

Figura 2
Contribuciones de los Comités de Acción Política para candidatos en funciones de la Cámara de EE.UU. y sus contendientes, 1983-2000
(Fuente: U.S. Statistical Abstract)

La figura 2 muestra los donativos de los CAPs para los funcionarios actuales y sus contendientes en el mismo período. La ventaja masiva de los funcionarios en la recaudación de fondos es patente en cada elección. De hecho, la suma que los CAPs aportan a funcionarios ha registrado un claro aumento en los dos últimos decenios, mientras que los fondos destinados a sus contendientes han aumentado en mucho menor grado. Esta cifra, por sí sola, sugiere por qué es tan alta la proporción de funcionarios que logran la reelección.

Cuando los aspirantes se dan a conocer ante los votantes, es mucho más probable que éstos vean a los dos candidatos en un plano de mayor igualdad y voten por el que, a su juicio, transmita el mensaje más convincente.

¿Qué propuestas son más efectivas en las elecciones para el Congreso? También esto ha cambiado, sobre todo en las elecciones más recientes.

Hasta hace poco, las elecciones del Congreso se decidían en general a partir de las inquietudes e intereses específicos de cada distrito, y no en función de los asuntos nacionales. Así solía ser, sobre todo en las “elecciones de medio período”, es decir, las que tienen lugar a la mitad del período de cuatro años del presidente y, por lo tanto, no tienen el enfoque nacional propio de una campaña presidencial. Este enfoque local de las elecciones encaja muy bien con la llegada de las elecciones centradas en los candidatos, pues permite que éstos adapten sus propuestas a sus respectivos distritos.

Las elecciones de 1994 fueron un momento decisivo. El Partido Republicano logró la mayoría en el Senado y ganó en forma asombrosa 52 escaños del Partido Demócrata en la Cámara para alzarse con una mayoría en ese recinto por primera vez en 40 años. Parte de la estrategia de su líder, el presidente de la Cámara, Newt Gingrich, fue un programa legislativo de diez puntos conocido como el Contrato con los Estados Unidos. Ese contrato había sido respaldado por la gran mayoría de los candidatos republicanos a la Cámara desde las primeras etapas de la campaña y cobró especial importancia después de la elección. Gingrich prometió –con bastante buen éxito– que la nueva mayoría republicana lograría que la legislación inspirada en el contrato fuera aprobada por la Cámara en el lapso pasmosamente breve de 100 días. Esta perspectiva elevó el perfil del Partido Republicano y el de sus líderes. De ese modo se estableció una norma según la cual los asuntos nacionales y una especie de plataforma nacional del partido serían una parte ordinaria de las campañas de medio período.

Las dos elecciones de medio período realizadas después de 1994 fueron tan sorprendentes como las elecciones de aquel año. En 1998, por primera vez desde 1934, el partido de un presidente en funciones ganó escaños en la Cámara (en este caso, cinco asientos y seis asientos, respectivamente) al partido de la oposición. Aunque los republicanos conservaron su mayoría en el Congreso, se consideró que, en rigor, perdieron las elecciones de 1998. Muchos miembros del partido culparon de esa “derrota” al hecho de que éste no adoptó una posición clara frente a los asuntos nacionales. Los demócratas no lograron ganar escaños ni obtuvieron la mayoría en 2002 y una vez más, con razón o sin ella, muchos líderes del partido atribuyeron la derrota a la incapacidad del partido para establecer una plataforma nacional.

Las elecciones del Congreso en 2004

Los espectaculares giros y virajes de las elecciones del Congreso en el último decenio dificultan los pronósticos. En realidad, es muy posible que los puntos más importantes sean que el viejo estilo de hacer campaña ya no es el más eficaz y que los votantes están en vías de modificar su forma de tomar decisiones. Sin embargo, hay que indagar varias cosas acerca de 2004.

La pregunta más apremiante para 2004 es si los demócratas podrán ganar suficientes escaños para recuperar la mayoría en la Cámara. En el Senado habrá sólo 34 asientos abiertos a la elección, 19 de los cuales están ocupados ahora por demócratas. Además, un número menor de republicanos tuvieron fuerte competencia la última vez y 22 contiendas serán en estados donde George W. Bush ganó en 2000. Por lo tanto, no parece probable que los demócratas puedan augurar que ganarán siquiera un escaño en el Senado. En consecuencia, la mayoría republicana en esa institución parece estar segura y la atención se desviará hacia la Cámara.

Ambos partidos están haciendo todo lo posible por reclutar a los candidatos más fuertes y movilizar recursos para las elecciones de la Cámara. Es mucho lo que depende del reclutamiento de nuevos candidatos a la Cámara, sobre todo si éstos tienen experiencia electoral como los miembros de las legislaturas estatales. No obstante, otro factor de igual importancia es el grado en que el candidato presidencial de su partido refuerce o debilite las probabilidades de los candidatos a la Cámara, sobre todo los que contienden por escaños no disputados por su ocupante actual. La combinación de candidatos eficaces y con experiencia para la Cámara y una campaña vigorosa por el candidato del partido a la presidencia puede generar las mayores variaciones en la distribución de los asientos entre los dos partidos.

En las últimas décadas se ha acortado “la longitud de los faldones presidenciales”, es decir, el número de votantes que eligen gente del mismo partido para el Congreso y para la presidencia. Los dos votos son relativamente independientes. Además, como los dos candidatos a la presidencia recibieron casi el mismo número de votos en 2000, ese nexo no habría dado la ventaja ningún partido en las contiendas del Congreso. Con un mandatario que espera obtener la reelección y ante un equilibrio tan estrecho entre los dos partidos en el Congreso, es muy posible que esa correlación de fuerzas vaya a depender del voto presidencial. Si el presidente George Bush logra obtener los altos índices de aprobación que le fueron otorgados durante la guerra contra Iraq y su secuela inmediata, es muy posible que refuerce la posición de su partido tanto en la Cámara como en el Senado. Si su índice de aprobación se desploma, tal vez a causa de cuestiones económicas, entonces es concebible que la década de mayoría republicana en la Cámara termine junto con su período en la presidencia.

Si los asuntos nacionales cobran cada vez más importancia en las elecciones del Congreso, la fuerza nacional más importante en 2004 serán los candidatos presidenciales y sus campañas políticas. Este aspecto es el más difícil de pronosticar. En el bando demócrata, la contienda por la nominación presidencial sigue abierta en la fecha de redacción de este texto y muchos candidatos aspiran a la nominación sin que ninguno se perfile aún como “corredor puntero”. En este momento no se puede saber si el candidato que encabezará la fórmula demócrata será liberal o moderado, belicista o contrario a la guerra. Si el presidente Bush decide contender, como se espera que lo haga, podemos confiar en que logrará la nominación una vez más.

Es posible que la política nacional vuelva a surgir en 2004 como el tema fundamental. Empero, es factible que la guerra contra el terrorismo siga siendo la cuestión más importante en la política exterior. Desde hace tiempo (a raíz de la caída de la Unión Soviética), los intereses internacionales han sido de suma importancia en las elecciones presidenciales y hay mucha incertidumbre en torno a cómo plantearán los dos bandos el debate y cuál será la reacción del público. Sin embargo, a estas alturas parece que la economía del país será la mayor preocupación de los votantes. No obstante, una vez más hay gran incertidumbre, en este caso por no saber si la economía tendrá una fuerte mejoría (y ésta será interpretada como tal), lo cual favorecería a los republicanos, o si seguirá siendo débil o incluso entrará en recesión, con lo cual la economía sería un factor a favor del retorno de los demócratas.

En suma, el control partidista de la Cámara y el Senado estará en juego en 2004, por el equilibrio tan estrecho en que han estado los dos partidos en el último decenio. Por lo tanto, es mucho lo que estará en juego para la democracia estadounidense pues el rumbo que tome la política será muy distinto si el control lo gana un partido, el otro o ninguno de los dos. Otro factor que complica esa incertidumbre es la alta posibilidad de que los resultados en el Congreso se decidan según la forma en que el público reaccione ante los dos candidatos presidenciales y por quiénes serán los candidatos del Partido Demócrata, qué principios suscribirán y cuál será la reacción del público ante ellos. Por todo esto, el espectáculo de las contiendas de 2004 será inusualmente excitante.


John H. Aldrich (Ph.D., Rochester), es Profesor Pfizer-Pratt University de Ciencias Políticas en la Universidad Duke. Se especializa en política estadounidense y comportamiento, teoría formal y metodología. Algunos libros de los que es autor o coautor son: Why Parties?, Before the Convention, Linear Probability, Logit and Probit Models y una serie de libros sobre las elecciones, el último de los cuales, Change and Continuity in the 2000 and 2002 Elections, fue publicado en fecha reciente. Sus artículos han aparecido en muchas publicaciones.

Las Encuestas, los Expertos y las Elecciones de 2004>>>>

 


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