Un destacado político estadounidense dijo
en una ocasión que "el dinero es la leche materna de la política".
Esto no nos debe sorprender, en vista de que la forma de
gobierno democrático de los Estados Unidos se basa en elecciones
libres y abiertas, y en una tradición de pluralismo en la que los
intereses en pugna rivalizan para influir en la política pública.
Esa definición cobra hoy especial validez, pues las dimensiones del
electorado crean la necesidad de confiar en los medios de
información masiva para comunicarse con los votantes, al menos en
las elecciones para los cargos más altos. Comprar tiempo en los
medios de difusión es una forma eficiente, pero costosa, de incidir
en la audiencia masiva.
Los candidatos a puestos públicos en los Estados Unidos suelen
confiar en cuatro fuentes de financiamiento para sus campañas: (1)
ciudadanos individuales que hacen aportaciones directas; (2) sus
respectivos partidos políticos; (3) grupos de interés, con
frecuencia a través de comités de acción política (CAP); y (4) sus
propios recursos personales y familiares. Una quinta fuente –los
fondos públicos– también ha estado disponible en algunas elecciones,
sobre todo en las presidenciales, desde la década de 1970.
La creciente necesidad de depender de los medios informativos
electrónicos y la profesionalización de la política hacen que las
campañas electorales sean cada día más costosas. Los candidatos a la
presidencia gastaron 607 millones de dólares en la elección
presidencial de 2000, al tiempo que los candidatos al Congreso
gastaron poco más de 1.000 millones. El candidato término medio
ganador en el Senado gastó 7,4 millones de dólares en ese año, y el
candidato ganador promedio en la Cámara de Representantes de la
nación gastó 849.000 dólares. No obstante, el gasto que realizan los
candidatos representa una porción cada vez menor del gasto total
destinado a influir en las elecciones, a medida que los partidos y
los grupos de interés asumen un papel más importante en la
comunicación directa con los votantes.
Por tradición, los partidos políticos y los grupos de interés
encauzaban sus recursos hacia aportaciones económicas para los
candidatos y éstos gastaban el dinero a fin de hacer contacto con
los votantes, tanto para persuadirlos por medio de anuncios,
mensajes por correo, etc., como para asegurarse de que acudirían a
las urnas a depositar sus sufragios. En las elecciones actuales,
tanto los partidos políticos como los grupos de interés contribuyen
con los candidatos de su preferencia y gastan fondos en forma más
directa para maximizar su propia influencia en el resultado de las
elecciones. Este fenómeno hace que sea más difícil vigilar el flujo
de dinero en las elecciones, y ha planteado especiales desafíos a
los creadores de políticas que buscan cómo regular los fondos que
están fuera del control directo de los candidatos.
Por largo tiempo, los críticos han dicho que los cuantiosos
gastos en las elecciones del país, combinados con la dependencia de
fondos de fuentes privadas, es causa de preocupación por la posible
influencia indebida de donadores ricos e intereses poderosos sobre
la política pública. Las soluciones propuestas incluyen en general
una regulación gubernamental más estricta del dinero destinado a la
política, a partir de una mayor transparencia para que el público se
entere con facilidad de la financiación de las elecciones y así se
inhiba a “los intereses especiales” de obstruir lo que se percibe
como “el interés público”. A los “reformadores” se han opuesto los
que estiman que los gastos en las elecciones son proporcionales
tanto a los costos de los bienes y servicios en la economía de hoy
como a la magnitud de los presupuestos del gobierno. Según esos
observadores, los gastos de las elecciones son el precio que una
democracia paga por la competencia electoral, y los cuantiosos
egresos y aportaciones de grupos de interés son la expresión
contemporánea del más antiguo pluralismo de los Estados Unidos. La
rama judicial del gobierno plantea a menudo otra cuestión que
interviene en la regulación de los fondos destinados a las campañas:
¿Las restricciones a las aportaciones y los gastos excesivos para
campañas coartan el derecho a la libertad de expresión en la arena
política que la Constitución garantiza a los donantes?
Se podría decir que el sistema estadounidense actual para la
financiación de campañas políticas combina las filosofías de los
reformadores, las de los defensores del sistema vigente y los
dictámenes judiciales que han establecido parámetros para la
regulación del gobierno. En él se reflejan tanto las leyes que han
sido promulgadas –y conservadas– como la forma en que la política
del país ha evolucionado.
Diferencias entre los sistemas políticos de las
democracias
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| En los Angeles, el presidente Bush saluda a sus
partidarios, en una campaña de recaudación de fondos, en junio
de 2003. (REUTERS) |
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| Los republicanos de la asamblea estatal de California
anuncian la creación de un nuevo comité de acción política, en
mayo de 1999, destinado a promover la participación de los
latinos en el proceso político federal y estatal. (AP/Wide
World Photos) |
La comparación entre el sistema estadounidense de financiación de
las elecciones y los de otras democracias nos pueden ayudar a
entender algunos aspectos únicos del sistema político de este
país.
Elecciones centradas en los
candidatos. Esta es la primera y más notable desviación
de los Estados Unidos con respecto al sistema parlamentario usual en
la mayoría de las democracias, que coloca a los partidos políticos
en el centro del proceso de elegir y más tarde dirigir al gobierno.
Aun cuando los partidos tienen un papel importante en las elecciones
de este país, su importancia es mucho menor que en otros períodos de
la historia, antes de las múltiples reformas y otros cambios que
tuvieron lugar en el siglo XX.
Para bien o para mal, Estados Unidos tiene un sistema electoral
centrado en los candidatos y no en los partidos. Los candidatos
tienden a ser agentes independientes que no deben ni su carrera ni
su nominación a funcionarios del partido, sino a la gente que vota
por ellos en la elección primaria. Si bien esta independencia ha
tenido ciertos efectos saludables al propiciar una mayor apertura y
rendición de cuentas, no cabe duda de que ha elevado el costo de las
elecciones, pues los candidatos necesitan una maquinaria de campaña
y fuentes de financiación casi independientes. Así mismo, muchos
votantes actuales se precian de ser independientes de toda etiqueta
partidista y de votar “por la persona, no por el partido”, con lo
cual imponen un obstáculo más al candidato para comunicarse con
eficacia como figura pública.
La Primera Enmienda. Otro
aspecto único del sistema estadounidense es el importante papel que
corresponde, en los procesos políticos, a los bien definidos
derechos a la libertad de expresión y asociación consagrados en la
Primera Enmienda a la Constitución de este país. El papel de la rama
judicial consiste en decidir si los estatutos promulgados están en
conflicto con esos derechos. En su histórico veredicto de 1976
–Buckley vs. Valeo–, la Corte Suprema de la nación suprimió
los límites a los gastos que pueden realizar los jefes de campaña,
los partidos políticos y los grupos de interés para comunicarse con
los votantes, al tiempo que permitió restricciones sobre las fuentes
de fondos para las entidades que participan en las elecciones. La
Corte dispuso que los límites a los gastos para comunicarse con los
votantes eran una restricción inadmisible de la libertad de
expresión. A pesar de que la Corte reconoció que imponer límites a
las fuentes (es decir, a las aportaciones) implicaba también coartar
la libertad de expresión, sostuvo que una limitación
razonable se podría justificar por la necesidad del gobierno
de proteger al sistema contra la corrupción real o aparente que
puede provenir de las relaciones quid pro quo entre los
candidatos y los que financian sus campañas. Al establecer la
equivalencia entre el derecho a gastar dinero y el derecho a la
libertad de expresión, y señalar la diferencia entre el dinero que
se entrega a un candidato y el dinero gastado por él, el veredicto
de este tribunal y otros subsecuentes de tribunales inferiores han
tenido un profundo efecto en la reglamentación y el flujo de fondos
en la política de los Estados Unidos.
Apoyo del gobierno a la política.
El uso mucho mayor de fondos públicos en otras
democracias, para financiar las elecciones, es otro aspecto en el
cual el sistema político de este país es diferente. Los subsidios
del gobierno a los partidos son muy comunes en el escenario
internacional, y los gobiernos dueños de importantes estaciones
difusoras les conceden a menudo el privilegio de usarlas en forma
gratuita, a diferencia de lo que ocurre en los Estados Unidos. El
efecto combinado de los subsidios directos y el tiempo gratuito en
los medios electrónicos consiste en reducir la presión que tienen
los políticos de recaudar dinero para sus campañas.
Algunos estadounidenses han recomendado desde hace largo tiempo
que el gobierno otorgue subsidios similares a las campañas de
elecciones y ordene a las estaciones difusoras del sector privado
que concedan a éstas tiempo de transmisión gratuito o a tarifas
reducidas. Y han tenido cierto éxito al lograr que sus ideas sean
aprobadas. Sin embargo, ha habido resistencia a esas políticas por
razones filosóficas (ya que éstas exigen que el contribuyente
patrocine candidatos con los que tal vez no está de acuerdo) y
también prácticas (por ejemplo, cómo idear un sistema totalmente
equitativo para subsidiar las campañas).
Los partidarios de la financiación pública de candidatos lograron
que en los años 70 se promulgara un sistema de ese tipo para las
elecciones presidenciales e incluso para algunas a nivel estatal y
local, mas no para la elección de miembros del Congreso de la
nación. Desde 1976, los candidatos presidenciales de los principales
partidos han recibido en forma automática un cuantioso subsidio para
la elección general (en 2000, cerca de 67 millones de dólares para
el republicano George W. Bush y otros tantos para el demócrata Al
Gore). Los partidos reciben subsidios para sus convenciones de
nominación y, en las elecciones primarias, el gobierno aporta fondos
a la par de los pequeños donativos individuales en favor de los
candidatos.
A cambio de recibir financiación, los candidatos deben aceptar
los límites impuestos a sus gastos de campaña, lo cual es autorizado
por la Corte Suprema porque son límites de carácter voluntario. Sin
embargo, la eficacia de éstos se ha debilitado porque los individuos
y los grupos de interés que gastan dinero para ayudar a los
candidatos son astutos y lo hacen por vías legales, pero más allá de
los niveles previstos por la ley federal (“dinero blando”, como se
explica más abajo).
Principios esenciales de la ley federal
Desde los años 70, tres grandes principios han gobernado la ley
federal de financiación de campañas que se aplica a todas las
elecciones para la presidencia y el Congreso de los Estados Unidos.
(Cada uno de los 50 estados tiene sus propias reglas para las
elecciones estatales y locales.) Esos principios son los
siguientes.
Divulgación pública de la actividad
financiera. La visibilidad pública del dinero en las
elecciones, que facilita el escrutinio a los partidos y candidatos
opositores y a los medios, se concibe como el mejor disuasorio
contra la corrupción que se podría presentar en torno a las
contribuciones y los gastos de campaña. En este aspecto de la
regulación del gobierno hay un grado notable de consenso, por lo
menos en principio. En el nivel federal, esto implica informes
periódicos con los totales generales y listas pormenorizadas de las
cantidades mayores de 200 dólares.
Prohibiciones sobre las fuentes de
fondos. Por largo tiempo se ha prohibido que
corporaciones, bancos nacionales y sindicatos de trabajadores
utilicen sus fondos institucionales –ganancias corporativas y cuotas
sindicales– para influir en las elecciones federales (aunque muchos
estados permiten esas fuentes en sus elecciones). Sin embargo, esas
entidades pueden establecer comités de acción política para recaudar
donativos voluntarios de ejecutivos y accionistas y de trabajadores
sindicalizados, respectivamente. Esos fondos se pueden usar en
elecciones federales, con lo cual la corporación o el sindicato
patrocinador puede ejercer su influencia. Lo que también está
prohibido en todas las elecciones de este país son los fondos
de ciudadanos extranjeros para las campañas.
Limitaciones sobre las fuentes de
fondos. La ley federal limita las cantidades que los
individuos, los CAPs o los partidos pueden aportar a candidatos,
partidos y grupos participantes en elecciones federales. Un
individuo puede donar 2.000 dólares a un candidato en una elección y
un total de 95.000 dólares a todos los candidatos, partidos y CAPs
en un ciclo electoral de dos años. Un CAP puede donar 5.000 dólares
a un candidato en cada elección, pero no hay un límite global para
todas las contribuciones de ese tipo procedentes de una sola
entidad.
El ímpetu de la reforma de la financiación de campañas
Los problemas que el dinero y la política plantean han hecho de
la reforma de la financiación de campañas un tema de debate
permanente en los Estados Unidos. En las décadas de 1980 y 1990, los
partidarios de la reforma lucharon con éxito por reforzar el régimen
reglamentario promulgado en los años 70 para reducir el papel y la
importancia del dinero en el sistema político.
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| El senador Russ Feingold, demócrata por Wisconsin
(izq.), y el senador John McCain, republicano por Arizona
(der.), hablan con la prensa frente a la Corte Suprema de la nación en septiembre de
2002, durante una audiencia en ese tribunal sobre la
constitucionalidad de la ley McCain-Feingold para reformar las
finanzas de campaña. (REUTERS)
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Sin embargo, la ley que fue aprobada al final en 2002 tenía poco
parecido con sus antecesoras. Si bien con esas medidas se intentó
mejorar el sistema de regulación federal vigente, la meta de
la Ley Bipartidista de Reforma de las Campañas de 2002, o BCRA
(usualmente conocida como McCain-Feingold por los dos principales
senadores que la patrocinaron) es salvar ese sistema,
colocándolo bajo las actividades de regulación federal que, a juicio
de quienes la propusieron, permite sustraerse a la ley federal de la
financiación de campañas.
A partir de los años 80, los partidos políticos nacionales
empezaron a recaudar dinero en montos muy superiores a lo que, en
teoría, permitía la ley federal, aunque era patente que no los
usarían en las elecciones federales per se. Este retorno del
“pez gordo” –el rico y poderoso patrocinador que, según se supone,
predominó con las reformas de los años 70– anunció el ascenso del
“dinero blando” en las elecciones de este país. El término se
refiere a los fondos recaudados y gastados fuera del marco regulador
federal de las elecciones, pero que pueden tener por lo menos un
impacto indirecto en las elecciones federales (a diferencia del
“dinero duro” que se recauda y se gasta de acuerdo con la ley
electoral federal).
En el caso típico, esos donativos en dinero blando, en montos
prohibidos y de fuentes no autorizadas en las elecciones federales,
se distribuían entre los partidos estatales afiliados y éstos los
usaban en operaciones a nivel popular y campañas de movilización de
votantes. Al reforzar esas actividades era inevitable que éstas
ayudaran a los candidatos federales, tanto como a las contiendas
estatales y locales a las cuales se supone que estaban destinados.
Además, los esfuerzos de recaudación de fondos concertados entre
funcionarios nacionales de partidos y candidatos y funcionarios
federales inducían a pensar que con esos donativos se intentaba
ayudar, en primer lugar, a los candidatos federales.
Sin embargo, sólo en las elecciones nacionales de 1996 se
generalizó la idea de que el sistema de regulación se estaba
desintegrando. Los partidos políticos no sólo recaudaron 900
millones de dólares en dinero blando en ese año, sino los grupos de
interés y los partidos políticos descubrieron otro modo de influir
en las elecciones federales al margen de las restricciones
federales: el patrocinio de asuntos relacionados con las elecciones.
Esta forma de dinero blando incluye las comunicaciones en las que se
habla de la posición de los candidatos en relación con asuntos
específicos, pero sin instar de modo implícito a tratar de derrotar
o elegir a candidatos claramente identificados.
Debido a que, según la interpretación de la mayoría de los
tribunales inferiores, el veredicto de Buckley vs. Valeo
requiere la presencia de ese tipo de texto explícito para que una
comunicación tenga que sujetarse a la regulación del gobierno, los
grupos podían presentar información pública que reforzara la opinión
positiva o negativa de funcionarios públicos que, además, eran
candidatos a las siguientes elecciones, sin tener que someterse a
las restricciones de la ley electoral federal. Para las elecciones
de 1996 y las siguientes, se estimó que de esta manera se gastaban
decenas de millones de dólares y que era imposible determinar sus
niveles exactos porque se exigía muy poca o ninguna revelación de
esos datos.
El impacto de la McCain-Feingold
Después de 1996, los reformadores cambiaron de enfoque,
desviándose de los límites a los CAPs, los gastos de campaña y la
financiación pública, y tratando de cerrar los huecos que, a su
juicio, hacían que la regulación federal del dinero en la política
tuviera cada vez menos sentido. La ley McCain-Feingold de 2002
prohíbe en general que los partidos nacionales y los candidatos o
funcionarios federales recauden y gasten dinero blando; así mismo,
prohíbe que los partidos estatales y locales gasten dinero blando en
lo que se ha definido como “actividades electorales federales”. Con
respecto a la defensa de asuntos conexos, la nueva ley exige que se
rindan cuentas de todo anuncio político alusivo a cualquier
candidato federal claramente identificado que se transmita a 30 días
o menos de una elección primaria o a 60 días de una elección
general, y prohíbe que dicho anuncio sea pagado con fondos de
sindicatos o corporaciones.
En los años de debates que precedieron a la aprobación de la
McCain-Feingold, la cuestión de la constitucionalidad campeó en las
discusiones. Eso tal vez fue inevitable si se considera la
experiencia del veredicto Buckley vs. Valeo de 1976, que dejó
como secuela un sistema no previsto por el Congreso, pero con
implicaciones de largo alcance para el flujo del dinero en las
elecciones federales. Cuanto más cerca estaba la legislación de ser
aprobada, tanto más se centraba la atención del debate en el tema de
la constitucionalidad. Ahora que las campañas para las elecciones de
2004 se han puesto en marcha y los políticos buscan cómo adaptarse a
la nueva ley, la comunidad política espera con ansia la revisión
judicial expedita que la ley McCain-Feingold dispone.
El 2 de mayo de 2003 fue pronunciado el primero de esos
veredictos en McConnell vs. FEC, en el cual la Corte
(federal) de Distrito para el Distrito de Columbia anuló la
prohibición genérica de la recaudación de dinero blando por los
partidos nacionales y su uso por los partidos estatales y locales,
pero mantuvo las prohibiciones sobre las comunicaciones públicas que
pueden tener un efecto más directo en las elecciones federales, y
sobre la recaudación de dinero blando por candidatos y funcionarios
federales. Además, la Corte invalidó la regulación de todos los
anuncios de radio y televisión alusivos a candidatos federales
basada en el período de tiempo, pero sorprendió a los observadores
al permitir la regulación basada en la norma más subjetiva de si el
anuncio favorecía o se oponía a un candidato federal,
independientemente de la fecha en que fuese transmitido. Este
veredicto fue suspendido más tarde para aminorar la confusión de los
que ya iniciaron sus campañas para las elecciones de 2004, quedando
pendiente la decisión final de la Corte Suprema, la cual conocerá
todos los argumentos verbales en septiembre.
¿Aplicará la Corte Suprema su patrón general, establecido desde
el fallo Buckley vs. Valeo, y rechazará la ampliación
de la regulación que la nueva ley recomienda en el ámbito de la
libertad de expresión? ¿O la copiosa evidencia y los años de
experiencia con la ley anterior la inducirán a reconocer que el
peligro de la corrupción y la influencia excesiva de individuos y
grupos ricos puede justificar una regulación mayor de lo que en
otras condiciones sería preferible? Lo que está claro es que el
próximo veredicto de la Corte Suprema tendrá un efecto profundo en
los futuros intentos de regular el flujo del dinero en la
política.